Trobades estatal i nacional d’homes per la igualtat

cartell definitiu

Article d’opinió de Juanjo Compairé

Els propers dies 8 i 9 de novembre el Col·lectiu d’Homes igualitaris de Sant Boi (CHISB) i Homes Igualitaris convoquem una Trobada Estatal dels homes per la igualtat. Farem aquesta Trobada perquè ja fa dos anys que a Barcelona vam organitzar el Congrés Iberoamericà de Masculinitats i Equitat (CIME 2011, www.cime2011.org), amb presència d’homes de tota Amèrica Llatina i d’alguns països europeus. Dintre d’aquest esdeveniment, els grups d’homes per la igualtat de tot l’Estat espanyol ens vam reunir i vam debatre com podríem treballar plegats. En va sortir una “Agenda comuna dels homes per la igualtat” o “Declaració de Barcelona”, que era el primer document que escrivíem de manera conjunta. Aquest document va significar un pas endavant molt important per al nostre moviment. Consta d’una part declarativa, que marca els nostres punts de vista compartits; i una part programàtica, que també indica dues dates en què confluim (19 de març, dia del pare igualitari; 21 d’octubre, dia dels homes contra les violències masclistes).

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La igualdad de género reduce la violencia contra las mujeres

ARTÍCULO DE OPINIÓN

Autor: Paco Abril Homes Igualitaris-Ahige Catalunya

PacoAbril

La violencia de hombres contra mujeres es un problema internacional de salud pública y de derechos humanos. Un 35% de las mujeres del mundo entero han sido víctimas de violencia física y/o sexual, por parte de su pareja o de otros hombres que no son su pareja. Frecuentemente, la violencia de los hombres contra las mujeres comienza en la infancia y representa parte de la socialización masculina. Muchos muchachos son socializados a creer que las mujeres y niñas tienen obligaciones con ellos: cuidar de la casa, cuidar de los hijos/as, tener relaciones sexuales con ellos, aún cuando ellas no quieren. Así, Los hombres, sobre todo jóvenes, son más propensos a usar la violencia que cualquier otro grupo. La violencia de los hombres contra las mujeres se ejerce, principalmente, en el espacio privado y las relaciones de pareja. Su inicio tiene lugar, muchas veces, en las parejas más jóvenes.

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Noticia de un asesinato

Esta semana he leído esta noticia en “El País”:

 

Detenido tras asesinar a su mujer en Terrassa

J. G. B. – Barcelona – 28/11/2011 EL PAÍS

A las nueve de la mañana de ayer, Francisco V. B., de 41 años, salió de la casa donde vive con su mujer y su hijo y dio un paseo. Unos minutos más tarde, cogió su teléfono y marcó el número de emergencias. El hombre explicó a un agente de los Mossos d’Esquadra que acababa de mantener una fuerte discusión con su mujer. Francisco agregó que la pelea se le escapó de las manos y que acabó apuñalando a su esposa hasta matarla. El hombre expresó, por último, que tenía la intención de entregarse por lo que acababa de hacer.

Una patrulla de la policía autonómica se desplazó rápidamente al domicilio familiar de Terrassa (Barcelona), en una calle repleta de casas unifamiliares pegadas unas a otras. En uno de esos pisos, protegidos con toldos a rayas blancas y amarillas, encontraron a la mujer muerta. Su cadáver presentaba signos evidentes de violencia por arma blanca. Francisco le había propinado, presuntamente, diversas puñaladas que acabaron con su vida a primera hora de la mañana.

El hombre, de nacionalidad española, fue detenido poco después cerca de la casa por una segunda patrulla. Está acusado de un delito de homicidio. Francisco no tenía denuncias previas por malos tratos o violencia doméstica, según fuentes cercanas a la investigación. Según el alcalde de Terrassa, Pere Navarro, la pareja estaba en trámites de separación. El alcalde confirmó que no constan denuncias previas por parte de la víctima.

La muerte de la mujer de Terrassa eleva a 55 el número de fallecidas a manos de sus parejas o exparejas en lo que va de año en España. En 2010 murieron 73 mujeres en todo el país, según datos de la Secretaría de Estado de Igualdad.

El asesinato conmocionó a los vecinos de la localidad, que ayer celebró la Diada de los Minyons, la agrupación local de castellers, la fiesta tradicional catalana en la que se levantan torres humanas. El grupo rindió homenaje a la víctima y, al mediodía, realizó una construcción simbólica de tres castells mientras uno de sus representantes leía un manifiesto ciudadano de repulsa y condena por el crimen machista. En lugar de los habituales pilares de despedida, las tres collas que participaban en la jornada levantaron pilares de duelo sin música. “Hay que impregnar a la sociedad con la idea de que la violencia no lleva a ningún lugar”, sentenció Navarro.

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Fijémonos ahora en algunos detalles de esta noticia.

Lejos de aquel estereotipo según el cual los perpetradores de violencia contra sus parejas mujeres son de baja extracción social o de cultura y creencias minoritarias, vemos aquí que en este caso se trata de un hombre de clase media alta, propietario de una casa adosada, español de origen. Esto es lo que queremos decir cuando afirmamos que la violencia de género contra las mujeres es transversal a clases o estamentos sociales y que es transcultural.

Otro detalle. El asesino confeso presenta el hecho de clavar unas cuantas puñaladas a su mujer dentro del seno de una “discusión”, de una “pelea”, como si se tratara de una lucha entre iguales. Este es un efecto perverso de esta falsa igualdad que tenemos. Como decía Amelia Valcárcel en una conferencia en Navarra – que hemos colgado en nuestro facebook de Homes Igualitaris – este “espejismo de la igualdad” hace que la violencia entre hombres se traslade también a la pareja mujer. Pero en realidad no hay igualdad entre los dos que se “pelean”: él lleva un cuchillo y ella se defiende. Por mucha violencia psicológica que ella hubiera ejercido (no lo sabemos), no es lo mismo insultar o gritar (si fuera el caso) que matar. Muchos neomachistas utilizan este argumento: “hay violencia en ambas partes”, dicen. Pero veamos la realidad: ¿quién mata en la mayor parte de los casos? Porque, según leemos en la noticia, él es capaz de salir a pasear con su hijo después del asesinato, mientras ella queda en el suelo, muerta.

Pero puede ser que no sea el asesino sino el periodista quien haya elegido estas palabras: “discusión”, “pelea”. ¡Qué importante es que las noticias expresen la radicalidad de la violencia sin intentar minimizarla!

Fijémonos más en detalle en cómo se describe el hecho. Francisco mantiene una sangre fría terrible al salir de paseo con su hijo como si se tratara de un domingo normal. Contrasta esta aparente tranquilidad suya con lo que ha ocurrido unos minutos antes, cuando, según sus propias palabras, perdió el control y “la pelea se le escapó de las manos”. ¿Cuándo y cómo nos descontrolamos los hombres? ¿Qué pasa por la cabeza –y el corazón- de un hombre bien situado, de clase media, aparentemente equilibrado, cuando, después de acabar de matar a la propia mujer, puede irse a pasear?

Parece como si Francisco tuviera un doble sentimiento: por un lado, ha cumplido con su “honor masculino al matar a la mujer que se quería separar de él. Esto le da una aparente calma interior. Pero por otro lado, sabe que ha hecho algo ilegal (que, además, puede difícilmente esconder). Esta ética del “honor” (“la maté porque era mía”), que parecía superada, sigue allí, visceral, metida muy al fondo de todos nosotros y va más allá de la ley. Incluso diríamos que la ley está allí porque sabemos que en un momento determinado podemos perder este autocontrol sobre unas emociones que nos desbordan.

Pero ¿qué emociones son estas? Pues que Francisco, como muchos de nosotros, no aceptamos la libertad de las mujeres, la libertad que tienen ellas de decir “no quiero seguir contigo”. Este, como otros asesinatos, se da en el contexto de una separación, que es entendida por el hombre como una desautorización, como una merma de una autoestima que ya de por sí, debía ser muy frágil. Situados en el centro, un poco autistas, incapaces de sintonizar con los sentimientos de ellas, no podemos entender ni aceptar un abandono que sentimos que nos deja en “ridículo” ante los demás machos. “¿Qué dirán de mí cuando vean que hasta mi mujer no me obedece?”. Esta rabia mezclada con tristeza se convierte en miedo a la soledad. Y el miedo, la tristeza se convierten, en nuestro modelo de hombre aprendido, en violencia.

Otro apunte: la importancia del rechazo social. Creo que no hay que exagerarlo: precisamente este asesinato se da dos días después de que en muchos sitios se manifestara en forma de manifestaciones. Seguramente Francisco las había visto por la televisión y por eso no dejó de hacer lo que hizo. Pero tampoco creo que debamos minimizarlas. En este sentido la reacción de los Minyons castellers me parece simbólica y valiosa. Hay que extender el rechazo social hacia esta y otras formas de violencia. Hay que seguir insistiendo. El alcalde de Terrassa tiene razón: “Hay que impregnar a la sociedad con la idea de que la violencia no lleva a ningún lugar”.

Pero para eso hay que insistir en la prevención: en el aprendizaje desde pequeños de que la libertad de las mujeres para los hombres no es una amenaza sino una oportunidad para descubrir nuestra propia libertad, aunque al principio nos duelan las negativas. El aprendizaje de la descarga de la rabia de forma creativa o al menos no violenta[1]. El aprender a aceptar nuestra tristeza y miedo sin temor al ridículo. El aprendizaje, en suma, de que nuestras mujeres, nuestros niños no están ahí como inferiores sobre los que podamos descargar nuestras frustraciones. Aprender a reconocer que somos humanos (y por tanto, vulnerables) y no Supermen. Este trabajo personal que debemos hacer los hombres para desactivar los gérmenes de la violencia que llevamos dentro.

Por último, no puedo dejar de pensar en el hijo de Francisco. ¿De qué hablaría con su padre en el paseo? ¿Sabía que su madre en ese momento estaba muerta? ¿Cómo se comportará con las mujeres cuando sea mayor? ¿Podremos conseguir unas futuras generaciones de chicos y chicas en cuyas relaciones esté ausente la violencia?

Nuestra asociación, aunque pequeña, está empeñada en hacer lo posible para que esto sea así. Y necesitamos más hombres que trabajen con nosotros para que no haya nuevos “Franciscos” como el de Terrassa.

Las palabras

 

Hace unos días, camino de casa, algo rompió esa rutina mecánica con la que uno realiza la mayor parte de los trayectos urbanos, esos en los que se oye sin escuchar, se mira sin ver y me atrevería a decir que te desplazas sin caminar. El mérito de ese despertar de mi amable letargo de transeúnte se lo debo a un cartel publicitario. Como a tantos otros, lo miré sin verlo, sólo que éste depositó una imagen latente que en pocos minutos activó ese mecanismo corporal que te alerta cuando algo se ha movido de su sitio, cuando un riesgo imperceptible se oculta tras la densa y repetitiva hojarasca de la cotidianidad.

Una mujer anunciaba algo, creo que una radio, pero lo que activó mi alerta y la reflexión posterior no fue el objeto del anuncio, sino el texto que lo acompañaba y que en letra generosa y bien visible decía: “la ambigüedad es de cobardes, vamos a llamar a las cosas por su nombre”.

 

Con los años he aprendido que cuando alguien se jacta de “llamar a las cosas por su nombre” lejos de perseguir introducir trasparencia en el discurso lo que se busca es apropiarse de las palabras, arrebatarles toda su riqueza de matices, usos e interpretaciones y fijar su significado con arreglo a una posición previa no explicitada. Un auténtico y camuflado acto político, tosco e inconsciente en ocasiones, pero premeditado y perverso en otras, en el que se persigue convertir las palabras en sofisticados mecanismos de control social, en auténticos e invisibles caballos de Troya que, una vez instalados en nuestras conciencias, se apoderan de ellas, para devolverles una imagen predeterminada y programada del mundo.

 

Las palabras, “ambiguo” y “cobarde”, no se exhiben en el texto con una mera e inocua función descriptiva, sino valorativa -nunca las palabras son solo signos, siempre nos llegan cargadas- como una arma arrojadiza en la que viejas palabras, sutilmente maceradas en veneno patriarcal, son combinadas, forzadas y violentadas para convertirse en instrumentos de descalificación ideológica, de expulsión a los infiernos de los otros, los ambiguos y los cobardes.

 

En el anuncio no se nos vende una radio, o un periódico, sino un orden del mundo, un orden del mundo que aspira a imponer gobiernos y leyes y ejércitos, pero que si de verdad quiere ser hegemónico precisa del asalto a lo simbólico, al control del lenguaje, que debidamente modelado y modulado convierta las palabras en vigilantes activos, en atizadores de ese orden patriarcal que instalado en nuestras conciencias tempranas tan buenos réditos ha dado en una construcción social marcada por el poder y la dominación.

En este anuncio late el lenguaje del patriarcado, ese lenguaje que modela hombres y padres; jerárquicos, fuertes, valientes, vigilantes del orden y la norma y siempre dispuestos a arrojar a sus hijos a la pira de los dioses o las patrias o cualquiera que sea la verdad dominante y el sacrificio en cuerpos que esta exija. Un hombre, un padre, ciego y sordo al dolor de su hijo, ciego y sordo al dolor de la madre y al amor que se le demanda, un hombre, un padre que ni media ni pacta, porque él “llama con valor y sin ambigüedad a las cosas por su nombre”. Una idea de hombre, de padre, que se convierte en un auténtico cepo que atrapa e inmoviliza la vida y que se alimenta y activa históricamente con apelaciones al valor como las que realiza el anuncio. Los hombres, porque hemos crecido con ellas, sabemos del efecto devastador de esas apelaciones al valor “a tener un par de huevos”, de cómo activan en nosotros mecanismos automáticos que nos impelen a obrar más allá de lo razonable o lo prudente, de cómo nos conducen a exponernos a situaciones de riesgo inútiles y absurdas, como si estuviera en juego algo trascendente y superior a nosotros mismos.

 

Yo recuerdo de pequeño – y de no tan pequeño-  haber desarrollado todo tipo de estrategias para disolver aquellos insultos de “cobardica”, “cagón”, “acojonado” con los que permanentemente te atacaban, bien para conseguir que hicieras algo que no querías hacer, bien para que revalidaras tu condición de hombre en ese permanente tribunal examinador al que eras sometido. Había que demostrar que eras tan valiente, o sea tan hombre como el que te ponía a prueba, no superar la prueba te arrojaba al universo menor de lo débil y femenino y al sufrimiento de una identidad distorsionada (no eras suficiente hombre) y al rechazo del grupo, de los tuyos, que te exponía a la vejación y la humillación.

 

Valor y cobardía: dos palabras, convenientemente distorsionadas, en las que a modo de debe y haber se iba depositando el balance de mi identidad de hombre, palabras que no puedo dejar de deconstruir y resignificar para desactivarlas de su carga perniciosa para mi vida, para la vida. Valor, que venía en mi imaginario infantil asociada a una lógica de combate y confrontación, de violencia y agresividad, de amigo enemigo, de riesgo y aventura, ancla sus raíces en un universo mítico, patriarcal, heroico y aristocrático, en el que se espera de nosotros los hombres la disposición al sacrificio. Sacrificio que sólo tiene sentido al servicio de una causa trascendente, que las más de las veces poco tiene que ver con nuestra experiencia vital, con nuestro universo de relaciones y conflictos en los que el valor alcanza una tonalidad bien diferente, en el que valor viene asociado a las categorías de lo auténtico, de lo honesto y lo sincero, del compromiso, del cuidado y la empatía y el amor y que no entra en contradicción con vulnerabilidad o debilidad. Valor es atreverse a acoger al otro, o la otra, a amarlo y cuidarlo aunque comporte dolor y sufrimiento, a expresar la propia vulnerabilidad y la propia diferencia, valor es mediar con la vida y sus amenazas, que no se llaman moros ni espartanos, sino soledad y angustia y miseria y dolor. Valor es deshacer esa visión contable de la identidad en la que unas cosas suman y otras restan, cuando nos configuran por igual el valor y la cobardía, el miedo y la osadía, la debilidad y la fuerza, nunca una se da sin la otra en el mundo de los vivos, sin correr el riesgo de producir monstruos. A diferencia del mundo de los mitos heroicos, donde se separa y aísla lo que siempre está junto, en la vida nos salva y nos condena por igual el valor que la cobardía, el riesgo que la prudencia.

 

Pero si el anuncio arroja el valor en manos del patriarcado, su auténtico objetivo es castigar la ambigüedad, porque la ambigüedad ocupa en el patriarcado un lugar privilegiado en la jerarquía de los males. La ambigüedad tiene la propiedad de la frontera, de encuentro entre mundos, de lo mestizo y nómada, de la simbiosis que aborrece de la confrontación y el combate. La ambigüedad pone en contacto más que separa, acerca más que aleja, desactiva los fundamentalismos, abriendo caminos entre los diferentes. La ambigüedad descoloca a ese pensamiento único que narcotiza la conciencia y diluye la individualidad en la perspectiva de un nosotros trascendente e identitario, en el que los otros u otras emergen como objetos de dominio. La ambigüedad es una amenaza para cualquier sistema de la verdad, para cualquier modelo que persiga prescribir y tutelar lo que debemos saber y lo que no, lo que debemos desear y lo que no, cómo nos debemos comportar y cómo no, y por el contrario, la ambigüedad es una posibilidad para los que deseamos construirnos desde nuestra libertad de ser.

 

Yo, como hombre, sé que hay que ser valiente para ser lo que el patriarcado espera de mí, pero también sé que lo realmente valeroso no es la identidad, lo común, lo general, sino la diferencia, que lo realmente valioso no es reproducir lo que de ti se espera sino construir lo que tú libremente quieres ser. La ambigüedad nos expulsa como hombres del universo de la masculinidad dominante y quizás por ello es nuestra esperanza y nuestro camino. Cabalgar entre lo masculino y lo femenino, entre nosotros y los otros, entre la civilización y la barbarie ha sido siempre una actitud expuesta a la exclusión y el sufrimiento, al rechazo y a la incomprensión, porque en ese gesto ambiguo y abierto se abre un territorio intermedio de acogida y cuidado, en el que el otro emerge en tanto que persona, en toda su potencia original y creadora, más allá de los estereotipos y tópicos que lo envuelven.

 

El azar ha hecho que situara mi foco en ambiguo o valiente pero creo que debemos estar atentos al conjunto de las palabras y a sus usos, escucharlas con atención una y otra vez, como si de piezas musicales se tratara, desde horizontes diferentes, desde realidades diferentes, desde interpretaciones diferentes, para acogerlas o rechazarlas, para resignificarlas cuando han sido contaminadas o para cambiarlas cuando ya no sirven a la realidad que deseamos expresar o construir, para dejar sin crédito a una masculinidad dominante que las usa como armas de combate, en última instancia para indagar en ellas quién somos y qué queremos ser.

 

Así que os animo a pensar unas cuantas palabras, palabras que os calmen o que os irriten que os proporcionen seguridad o angustia y contradicción, palabras que merezcan ser mimadas y cuidadas o resignificadas y trasformadas. Os animo a apadrinar unas cuantas palabras, a acompañarlas y guiarlas como ellas hacen con nosotros, a ponerlas en común y contribuir a hacer con ellas un hogar, donde ser hombre, donde ser persona, sea una tarea más confortable y acogedora. Palabras como padre, madre, autoridad, cuidado, amor, poder, culpa, perdón etc. etc.

 

Javier García

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Primera imagen: Y seguirás encerrado, VastaSimon

Segunda imagen: El peso de las palabras, Maus Silero

Presentación del libro “Sujetos de un contra-discurso”

“SUJETOS DE UN CONTRA-DISCURSO” O EL FIN DE TODA UNA ETAPA

 

                             El pasado 22 de Noviembre presenté en la librería La Central mi último libro, Sujetos de un contra-discurso. Una historia intelectual de la producción teórica LGTB  y queer en España  y esto con dos padrinos de lujo. Rafael M.Mérida, que ha sido uno de los grandes introductores de la teoría queer en España y Olga Viñuales, que por su parte  fue la gran pionera de los estudios sobre la identidad lesbiana en nuestro país, además de otras cuestiones como las prácticas BDSM. Dos grandes amigos intelectuales y por los que siempre he profesado una gran admiración. La presencia de Rafael y Olga fue importantísima para mí, sobre todo en la medida que simbolizaron en la mesa a las dos  grandes corrientes que han dominado el debate teórico en España. O sea, la propia teoría queer por un lado y las teorías sociales  constructivistas por el otro. Esto desde el campo de las ciencias humanas como sociales.

                    Es cierto que por lo general ha existido un cierto contraste de actitud entre ambas corrientes. Por un lado, ha estado el optimismo de las ciencias humanas, que sobre todo a través de la teoría queer, han tenido un impulso discursivamente transgresor. Por el otro, en cambio, ha primado la prudencia y el relativo pesimismo de las ciencias sociales  y de las corrientes del constructivismo social en relación a la erradicación a corto plazo de las estructuras simbólicas dominantes.  Una diferencia de talante que quedó sintetizada en los últimos años en las fronteras entre los seguidores de las aportaciones teóricas de Judith Butler y la gente en cambio más cercanas de las perspectivas sociológicas de Pierre Bourdieu.

                     Más allá de estas fronteras, he querido recoger en mi nuevo libro las aportaciones de ambas corrientes en sus respectivas disciplinas. Autónomas en sus paradigmas analíticos y metodológicos en la manera de enfocar el análisis de la realidad social Esto sobre todo porque ambas han tenido en el centro de su reflexión la crítica hacia los discursos y universos culturales hegemónicos que circunscriben a los cuerpos y a las sexualidades.  He ahí la razón del título de mi libro, de evidente reminiscencia foucaultiana :  Sujetos de un Contra-Discurso.  Sobre todo porque de lo que se trata es de la puesta en cuestión de los sistemas de verdad en torno al género, al sexo, a las sexualidades, a los géneros y a los cuerpos. 

                                   Quiero apuntar que todos los nombres y personalidades de la producción teórica española y corrientes intelectuales que son descritas y analizadas, han reflejado a través de sus trabajos un amplio proceso de recepción, interpretación y recontextualización de las grandes perspectivas teóricas políticas e intelectuales existentes fuera de nuestras fronteras, incluido en lo que hace referencia a la cuestión de las nuevas masculinidades.  En ese sentido, espero haber cumplido con el objetivo que me había marcado. Es decir, demostrar que tenemos una producción teórica de lo más honorable y romper con el mito de nuestro atraso y por supuesto, con ese eterno complejo de inferioridad que nos caracteriza.

                      La publicación de Sujetos de un Contra-discurso también cierra una etapa para mí. No sólo intelectual, sino también personal y que fue ante todo y por encima de todo la de mi compromiso con el movimiento LGTB. Durante los últimos años no he dejado de mostrarme crítico con éste último, en medio de disputas y enemistades personales. Lo que no significa en absoluto que reniegue de mi militancia y del recuerdo de la misma, sobre todo en Act-Up-París en los 90. Aunque bien es cierto que nada es eterno y que mi activismo LGTB tenía que cesar, no puedo decir otra cosa que este libro, más allá de sus problemáticas intelectuales, académicas e intelectuales, es sobre todo un acto de lealtad a mi juventud y a mi pasado.

                                                    Laurentino Vélez-Pelligrini  

Grups d’agents actius d’igualtat als instituts

Fa dos anys a una reunió de la Plataforma Unitària contra les violències de gènere vam llençar la idea: a cada centre d’ensenyament calia crear grups de nois i noies que esdevinguessin agents actius d’igualtat i referents per als seus companys i companyes. El missatge de la igualtat ja no els arribaria, doncs, des de dalt, des del professorat més o menys conscienciat, sinó dels seus iguals.

Finalment, dintre del programa “trenquem mites” del VII Fòrum contra les violències de gènere, uns 60 nois i noies de diferents Instituts van participar en una trobada amb un grup d’adolescents de Viena, dintre del programa “Waves”. Per sobre de les barreres d’idioma, hi havia una experiència comuna: a tot arreu hi ha abusos, violències sobre les noies.

Es van formar grups de debat i cada grup triava una història violenta de gent propera de què haguessin estat testimonis. Em van esgarrifar les històries que van sortir i que pensava que ja estaven superades: noies a qui el xicot menystenia tot el temps, gelosies arribades a l’extrem, intents d’aillar i d’anular la vida social de la pròpia nòvia, rampells de violència al més mínim indici de separació,…

El grup austríac va presentar un video molt clar d’històries quotidianes. I també un grup de noies i un noi van presentar un video amb un missatge clar. Eren un bon material per fer pensar i iniciar el debat.

Hi havia una consciència compartida que calia actuar per detectar des del començament els abusos; que calia tenir informació de què fer en casos semblants d’amistats que pateixen violència i que calien campanyes de sensibilització. Campanyes que en un futur potser aquets grups contribuiran a dissenyar i tirar endavant.

Al final es va anar omplint un llistat de voluntari*s per formar part dels grups actius d’igualtat. L’embrió d’alguna cosa nova s’està formant. D’ara endavant els i les joves diran la seva també en aquest tema que elles també pateixen. Animem els grups a tirar endavant! A la mesura de les nostres forces nosaltres també hi col·laborarem en aquest projecte.

Juanjo Compairé

Homes Igualitaris: una diferencia que no es “esencia”

                       Uno de los debates de interés que se han abierto en el seno de Homes-Igualitaris es el de las relaciones con las mujeres  implicadas en la investigación, la vida asociativa, los talleres colectivos pedagógicos y preventivos, las  políticas  por la igualdad, la coeducación o la lucha contra la violencia de género.  Intercambio que ha tenido por núcleo duro su  hipotética participación e inclusión como miembros activos en la estructura de Homes Igualitaris.

                    En todas estas cuestiones se entremezclan variables intelectuales, políticas y estratégicas, percibiéndose  en medio de todo ello  dos corrientes de desigual fuerza e influencia. Por un lado, la que considera que, tanto desde un punto de vista académico y teórico, como político y estratégico, Homes Igualitaris, asociaciones de mujeres e investigadoras feministas  deben de ir de la mano. Incluso redefinir la identidad de Homes Igualitaris, cambiando su denominación y estatus y abrir la puerta a la plena integración de hombre y mujeres en un mismo espacio formal y organizativo. Por el otro, entre los que se incluye este servidor, estamos quienes apostamos por formulas alternativas que, sin renunciar a la colaboración y a las estrategias de coalición con las asociaciones de mujeres o tender puentes académico e intelectuales con las teóricas feministas en todos aquellos temas que no son comunes ( las políticas de igualdad, la lucha contra la violencia machista o el desgénero), defendemos la especificidad y singularidad de Homes Igualitaris y de las propias problemáticas políticas, intelectuales, teóricas y académicas que circunscriben la cuestión de las Nuevas Masculinidades.

                       Dejaré el farragoso debate teórico para una mejor ocasión, aunque aclare, a título de inciso, de que es necesario mantener la autonomía académica de la cuestión de las Nuevas Masculinidades. Esto tanto frente a los Gays and Lesbians Studies como a la teoría feminista y posfeminista adscrita a las corrientes queer. De la misma manera que la categoría “ género” debe ser leída y usada como paradigma analítico, no forzosamente frente a la óptica tradicionalmente brindada por los Genders Studies ( que reducen la cuestión del género a las mujeres) pero sí de forma alternativa y complementaria con ella. Como no los ha recordado Oscar Guasch, el género también es una cuestión que afecta a la perspectiva de los hombres. Las “comisiones de recerca” (ámbito en el que yo me inscribo) debería guiarse por dicho principio.  

                                

 

                                                          El otro ámbito, es decir, el de la identidad y estructura política y organizativa de Homes Igualitaris es el que desde luego más interés ha suscitado. Particularmente me mantengo en la misma línea argumentativa esgrimida respecto a las cuestiones académica e intelectuales. En efecto,  la singularidad y lo que en gran medida ha llamado la atención de la opinión pública ( sino de toda al menos de su corriente más ilustrada y políticamente avanzada) es el hecho de que naciese una “asociación de hombres” y animada por “hombres”, pero a partir de unas problemáticas, valores culturales y reivindicaciones que no figuraban en el imaginario colectivo como “propias” de “ los hombres”. Se ha tratado, en efecto, de una asociación que ha sabido romper moldes respecto a lo que ha sido el universo simbólico del asociacionismo masculino. Es evidente que hay asociaciones de empresarios y profesionales, de clubs deportivos, de coleccionistas de coches de lujo, de federaciones de Karate o de boxeo, de policías, de vigilantes de seguridad y “peñas” de lo más variopintas. Todas ellas movidas más o menos y con los debidos matices entre unas y otras, por valores adscritos de lejos o de cerca a las representaciones culturales de la masculinidad hegemónica : poder económico, competitividad, prestigio y estatuto social, fuerza física y virilidad. Lo insólito y evidentemente, lo novedoso, es que haya surgido una asociación de hombres comprometida en un tema en el que en principio los varones no se han sentido implicados a causa de una presunción social sobre superioridades, inferioridades y diferencias. Es decir la lucha por la igualdad de género.

El diferendo de Homes Igualitaris no es sólo frente a este tradicional asociacionismo masculino culturalmente “conservador”. También frente a otros movimientos, como por ejemplo el movimiento gay. Este último puso muy en cuestión las representaciones hegemónicas de la masculinidad, bien parodiándolas y haciendo burla de ellas, bien defendiendo directamente la cultura camp y las políticas de desgénero, sobre todo bajo la influencia de las comunidades y las teorías queer de los recientes años 90. Sin embargo,  es la primera vez que un movimiento constituido por miembros mayoritariamente  “heteros” o al menos desvinculados del movimiento LGTB, hace una apuesta clara y contundente a favor de la crítica y revisión cultural de la masculinidad hegemónica.

A ese respecto y casi concluyendo, mi oposición a la mixticidad de Homes-Igualitaris no es equivalente a la que pueda interponer  un club masculino de boxeo o un bar leather en los ambientes lúdicos gays. No son las presencias físicas, sino las especificidades discursivas las que cuentan. Los movimientos a favor del aborto se realizaron con el apoyo de muchos hombres “progresistas”, pero el debate sobre la maternidad o la anticoncepción ( que afectaban a  cuerpos, roles y sistemas simbólicos  muy concretos) lo fue entre mujeres. El ejemplo es extensivo a los propios hombres. El debate sobre la violencia, por poner como ejemplo el gran tema estrella,  afecta a hombres y mujeres, pero al ser una práctica mayoritariamente adscrita a los primeros y a toda una serie de valores culturales relacionados con la masculinidad hegemónica, no cabe duda que es también una problemática que debe ser debatida entre los propios varones. Aquí la cuestión no está en convencer a las mujeres de nuestra causa, ni  tampoco a otros grupos implicados en la lucha por los derechos civiles , sino en  convencer a otros hombres que se han desvinculado política y culturalmente de la lucha contra las discriminaciones.  Por lo tanto, no se trata de defender una “ esencia” varonil que prohibiría la entrada a las mujeres por ser sus cuerpos y psique diferentes, sino en seguir luchando por la diversidad y la “diferencia” entre los hombres. Más allá de los puentes tendidos con las asociaciones de mujeres, el reto sigue siendo el de la autoreflexión de los propios hombres y el de quebrantar en lo cultural una masculinidad hegemónica que está en el origen, no sólo de la violencia de los hombres contra las mujeres, sino de la violencia entre los propios hombres. 

Laurentino Vélez-Pelligrini             

Juntos/as crearon un campo de energía. Valoración del CIME 2011

El pasado 7-8 de octubre se celebró en la ciudad de Barcelona el Congreso Iberoamericano de Masculinidades y Equidad: Investigación y Activismo.

En el título del congreso se resumen los principales objetivos a conseguir: un puente para compartir experiencias y establecer lazos de cooperación entre investigadoras/es, activistas, entidades de la Península Ibérica y Latinoamérica; un enfoque diverso y plural de las masculinidades y la equidad.
Esta idea se fue gestando con la seguridad que tras años de crecimiento en España de la investigación y de las entidades que trabajan las masculinidades con perspectiva de género, la incertidumbre de la crisis económica y la globalización neoliberal, era el momento adecuado para plantear un evento de este tipo.

Si tuviera que describir en una palabra el proceso del CIME 2011, ésta sería “fluidez”. Desde los primeros contactos con Rawelyn Connell, los compañeros de Homes Igualitaris y los de Ahige, personas clave del movimiento de hombres por la igualdad en España, la búsqueda de recursos, etc. Todo se fue desarrollado con enorme fluidez. El proyecto generó, desde el principio, entusiasmo y adhesiones. Nos movía la idea, que Connell expresó magníficamente en el final de su conferencia: “ La equidad, la justicia social, la mejora de la vida de hombres y mujeres, es un bien colectivo para una sociedad inclusiva, sostenible…”.

 

Otra de las conquistas de este congreso ha sido que el emergente “movimientillo”  de hombres por la igualdad en España consiguiera articularse y empezar a trabajar conjuntamente. En este sentido, una de las cosas que quedará de este congreso es el proceso participativo y abierto de elaboración de la Declaración de Barcelona. Un documento de consenso que establece unas bases de acción de los hombres por la igualdad.

Otro aspecto que me gustaría destacar es la voluntad que siempre se ha tenido porque éste fuera un congreso abierto, transparente e inclusivo. La diversidad de las personas que participaron, las temáticas, enfoques, metodologías, tanto en la investigación, políticas y acción y el trabajo personal han estado presentes en el CIME 2011. Se ha hecho un esfuerzo importante por poner a disposición pública los materiales de los paneles y los vídeos que pudieron registrarse. En la web del congreso pueden consultarse y descargarse los materiales presentados y debatidos. Estamos trabajando en la ampliación de los contenidos: conclusiones, resultados de la encuesta, ingresos y gastos, etc.

En mis palabras de bienvenida a las/os participantes del CIME 2011, dije que este congreso es y será lo que las personas presentes hagan de él. Nosotros hemos construido un espacio que debe llenarse. Pues bien, el CIME 2011 se llenó de alegría, ganas de transformar, debates y encuentros. Yo, almenos,  fui feliz al comprobar que aquella idea,  de hace un año, por fin tomaba forma y andaba sola y se movía con gracia.

Muchas gracias a todas/os, sin vosotros/as esto no hubiera sido posible. Continúa moviéndote.

Un congreso con pasillos

(Artículo del 8/10/2011 publicado en la revista de Hombres Igualitarios)

Estoy seguro de que Francesca Bonnemaison estaría contenta hoy de que lo que ella hizo hace un siglo cuando decidió comprar este palacio para dedicarlo a la educación de las obreras haya dado este frutoDebió pensar que esta gran casa, llena de pasillos y recovecos, estaba hecha para eso, para “hacer pasillo”, para hacer tertulias y encuentros, formales e informales.

Hemos convocado un espacio que se nos ha hecho pequeño para encontrarnos: gente de aquí con la de más allá del océano y con personas de otros lugares; hombres con mujeres y demás colores; del mundo de la investigación con el del activismo y con la gente de la calle.

Hemos combinado la exposición formal en los paneles con las charlas de pasillo y en el patio y con las sensaciones corporales en los talleres. Creo que hemos hecho visible que hoy ya hay una masa crítica para el cambio social.  Me gustaría pensar que la unión del conocimiento con la acción y con el sentimiento ha hecho aflorar la conciencia.

 

Connell en la inauguración ya nos dio alas: en muchas partes del mundo está surgiendo esta nueva conciencia, manifestada en prácticas sociales y en saberes surgidos de la experiencia. Por todas partes aparecen maneras de relacionarse los sexos de forma respetuosa, igualitaria y, por supuesto, no-violenta. Con muchas resistencias, pero ahí están.

Hoy hemos sabido que tres mujeres han recibido el Premio Nobel de la Paz. Nos congratulamos de ello porque es un reconocimiento del poder civilizador de muchas mujeres. De ellas, una, Gbowee, como aquella Lisístrata de Aristófanes, ha sido capaz de crear un movimiento de mujeres en su país, que ha conseguido parar una sangrienta guerra civil y hacer caer una tiranía mortífera con algo tan poderoso como una huelga de sexo. Ello debería hacernos reflexionar sobre nuestra sexualidad masculina como algo que podemos vivir de forma placentera, pero que vivida de forma compulsiva y ligada al poder nos debilita y causa tanto sufrimiento al mundo: miremos, si no, a las víctimas de la explotación sexual. Pensemos también en las raíces de nuestra violencia como algo surgido de la impotencia. Connell nos explicaba de qué manera en un país asolado por la violencia como Camboya estaban surgiendo nuevas experiencias de colaboración para superarla. Cada vez más hombres nos damos cuenta de que las formas tradicionales de ejercer la masculinidad hacen daño al mundo y nos dañan también a nosotros mismos. Y nos ponemos en marcha para cambiarlas.
 
Frente a unos poderes (económico, militar, político) cada vez más obscenamente dominantes, en este desorden neoliberal que nos quieren imponer, este alborear de la nueva conciencia es una esperanza. Y en este surgimiento los hombres igualitarios debemos dejar oír nuestra voz, de la mano de las mujeres y de las criaturas. Para ello, el aún incipiente movimiento de hombres por la igualdad debe incardinarse con otros movimientos sociales.

La sociedad tiene un problema (o muchos) con los hombres. Aquí lo hemos estudiado y vivenciado de muchas maneras. El cambio de los hombres, la superación de nuestras resistencias, miedos e inseguridades, ha de ser una parte de esta transformación. No queremos ser protagonistas, queremos contribuir como una parte más. Porque querer llevar la voz cantante sería volver a otras formas de hegemonía masculina.

Los hombres por la igualdad de España estamos aprendiendo la lección y hemos conseguido poner las bases para trabajar juntos. Tenemos que aprender de las experiencias de los hombres latinoamericanos que nos llevan ventaja.  Y tenemos que aprender de las mujeres.

Pasará el tiempo y algunas cosas de las dichas en las ponencias se las llevará el viento. Quedarán, sin embargo, la experiencia de compartir, de aprender juntas y juntos, de intercambiar sin ganas de imponer. Quedará el entusiasmo de tantas voluntarias y tantos voluntarios, el esfuerzo de tanta gente venida de lejos. Y la declaración que acabamos de leer, que marcará una nueva etapa del movimiento de hombres por la igualdad. Seguro que Francesca Bonnemaison, en su tumba, estará satisfecha.

Como miembro de Homes Igualitaris y de AHIGE, me siento satisfecho por haber convocado este espacio. Pero el terreno estaba propicio, porque, si no, hubiera sido imposible que una organización tan pequeña como la nuestra lo hubiera podido llevar a buen puerto. Ha habido una conjunción de trayectorias personales y colectivas que lo han hecho posible: por parte de algunas instituciones, por parte de gran parte del movimiento feminista, por parte del resto del movimiento de hombres por la igualdad. Si el CIME 2011 ha sido un éxito, lo ha sido por la conjunción de todas y todos.
Y ahora, a trabajar. El próximo 21 de Octubre tenemos una cita en la calle contra la violencia machista. Y eso es solo el principio.

Y por cierto ¿quién se anima a convocar el siguiente CIME?

 

Juanjo Compairé

 

DUROS DE PELAR: De por qué los hombres se quejan menos pero padecen más

En la sección “La contra”, en la contraportada del diario La Vanguardia del miércoles 1 de diciembre de 2010, el periodista Lluís Amiguet, entrevistó a la Sra. Jenny Firth-Cozens, psicóloga especialista en profesionales de la sanidad que ha dedicado gran parte de su carrera profesional a la investigación sobre “cómo se cura a los médicos”. Sí, sí, a esas y esos que nos curan a nosotros.

Y es que, aunque nos parezca increíble, que una persona haya estudiado la carrera de Medicina o la de Psicología no le otorga, a parte de ese título universitario tan merecido, una especie de antivirus que le evite caer en las patologías y sufrir los males que sus propios pacientes sufren. De hecho, contaba la Sra. Firth-Cothens que en Gran Bretaña (lugar a donde ella pertenece) el colectivo de la sanidad es el que sufre más estrés. Y fíjense qué casualidad: ¿Saben qué especialidad médica es la más estresada? Ni más ni menos que las/los psiquiatras, según la psicóloga británica, quien expresaba además que en un 30% del personal sanitario (incluyendo enfermer@s) se observan síntomas de estrés preocupante, y que en la mitad de este número de personal se requiere una atención especializada. De hecho, esto no debe parecernos extraño o exagerado, teniendo en cuenta que la Organización Mundial de la Salud declara que del 30% al 40% de bajas laborales están relacionadas a desequilibrios mentales y emocionales.

Pero el estrés laboral, según reflejan los números, no solamente afecta a l@s profesionales de la medicina (aunque sí son uno de los colectivos más afectados), sino que aborda cualquier ámbito profesional, social, sexual, y de género, siendo así que estadísticas del año 2006 publicadas por el Instituto Nacional de Estadística (estadísticas más recientes respecto de este tema) reflejaban que, de una escala del 0 al 7 (donde el 7 es el mayor estrés laboral), en los varones de 16 y más años existía una media de estrés laboral de un 4’17 , y en las mujeres, una media de un 4’18. Por tanto, puede decirse que en el 2006 se concluyó que las mujeres sufrían más estrés laboral que los hombres. Además, la franja de edad con estrés más alto, para la mujer, se sitúa entre los 25 y los 34 años, lo que podría traducirse en:

–          La posible dificultad de la mujer para conseguir un puesto de trabajo y un salario acorde con sus capacidades y aptitudes.

–          La posible dificultad de la mujer para compaginar el trabajo del hogar, el embarazo, o el cuidado de hijos/as, con el trabajo laboral.

–          La posible dificultad de la mujer para escalar profesionalmente de forma igual a la que el hombre lo hace.

No obstante, estos tres puntos son deducciones sin ánimo de sentar conclusión alguna. Lo que no podemos ignorar, de todas formas, es que las estadísticas nos muestran unos números, y los números dicen que las mujeres sufren más estrés laboral que los hombres. ¿Y qué dicen las estadísticas y los números sobre la salud en general?

Pues bien, la llamada Encuesta Europea de Salud en España del 2009 nos muestra los siguientes datos relevantes:

–          El 75’8% de los hombres de 16 y más años declara tener un buen estado de salud, frente al 66’1% de las mujeres. Por tanto, podría decirse que, o el hombre goza de mejor salud, o es más positivo, o altera parcialmente su respuesta.

–          De una escala del 0 al 100 donde el 100 es la mejor situación, la consideración que tienen los hombres sobre su salud mental es de un 72’21, mientras que la de la mujer es de un 63’74.  Por tanto, según los datos podríamos decir que, o el hombre goza de mejor salud mental que la mujer, o es más positivo en este aspecto, o altera parcialmente la respuesta.

–          En el tiempo de la realización de las encuestas, un 33’7% de las mujeres había acudido en las últimas cuatro semanas al médico de familia, y un 14’4% había acudido a un especialista, frente a un 23’2% y un 9’2% de los hombres, respectivamente. Ello puede significar que: como las mujeres tienen peor salud deben acudir más a menudo al servicio sanitario, o que, en el caso de que los hombres sean más positivos sobre su salud o alteren parcialmente la realidad, éstos no asistan al servicio sanitario porque consideran o quieren creer que no lo necesitan.

–          Los hombres hacen más ejercicio intenso que las mujeres (34’4% frente al 15’7%), mientras que las mujeres hacen más ejercicio moderado (42’7% frente 26%).

–          El 74’8% de las mujeres consumen una o dos veces al día frutas y verduras, frente al 66’3% de los hombres.

–          El 31% de los hombres fuma diariamente, frente al 21% de las mujeres.

Con todos estos datos, los hombres podríamos estar, aunque fuere, parcialmente satisfechos: fumamos más y no comemos tanta fruta o verdura, pero hacemos más ejercicio; y no asistimos tanto a nuestro/a médico/a, pero tampoco lo necesitamos, porque nos sentimos bien físicamente y mentalmente. ¿Y por qué? Pues porque sencillamente, además de sufrir menos estrés laboral, estamos más sanos mental y físicamente.

Pero, ¿qué hay de verdad en todo esto? ¿Debemos creer que realmente los hombres tienen menos problemas de salud física y mental que las mujeres? Frente a estas estadísticas debemos observar otras que podrían entrar en conflicto con las primeras:

El Instituto Nacional de Estadística, que muestra datos seguros hasta el 2007 respecto a lo siguiente, refleja que mueren más hombres que mujeres cada año. Solo la gripe, enfermedades de la piel o consecuencias derivadas del embarazo tienen mayor porcentaje sobre mujeres que sobre hombres. Así, los hombres somos mayores víctimas de casi todos los tipos de de situaciones que ponen en riesgo nuestras vidas. Mueren más hombres, a modo de ejemplo,  por enfermedades infecciosas o parasitarias; por VIH; por tumores; por diabetes; por trastornos mentales; por hallazgos anormales clínicos y de laboratorio; por accidentes de transporte (14’0 respecto a los hombres y 3’4 respecto a mujeres); por suicidio y lesiones autoinfligidas (9’6% respecto a los hombres frente a un 3% respecto a las mujeres); e incluso por homicidio (0’9 respecto a los hombres frente a un 0’5 respecto a las mujeres); etc.

Por lo tanto, si nos basamos en estadísticas que, por tener en cuenta la defunción, se realizan post-mortem y por tanto ello comporta que los números sean objetivamente más fiables que los deducidos de encuestas personales, podemos observar sin muchas más complejidades que los hombres tenemos un problema: o no consideramos la salud algo tan importante como lo harían las mujeres (y de ahí que seamos más optimistas o más “dejados” en este aspecto), o resulta que morimos más porque nos surgen, para nuestra desgracia, todo tipo de enfermedades espontáneas. Parece lógico que el problema no sea lo segundo, ¿verdad?

No son novedosas las investigaciones sobre la salud de los hombres, aunque tampoco brillan por su extensión en tiempos pasados. Sin embargo, ello no ha sido nunca óbice para que la mayoría de estudios sobre el hombre y la salud demuestren y coincidan en que, tal y como establece Courtneay  (2000), las probabilidades de adquirir malos hábitos de salud son mayores en los hombres que comparten las creencias tradicionales sobre la hombría, al igual que son mayores los riesgos de padecer depresión y fatiga nerviosa (Eisler y Blalock, 1991).

Y la cuestión es: ¿Qué tiene aquí que ver la estructura social de género? Dicha pregunta se contestaría con un “mucho”, pero me explicaré mejor, aunque a grandes rasgos:

–          Resulta que cuando un niño o una niña nace, se le da como primera adquisición un rol de género que su entorno más cercano cumplirá hasta que el niño o niña crezca y pueda cumplir con él por sí mismo. No importa que la niña quiera un coche de carreras para Reyes, o que el niño quiera apuntarse a danza clásica. No importará que la niña se sienta atraída por otra niña, o que el niño haga dibujitos de corazones con el nombre de otro niño dentro. Tampoco importará que la niña tenga rasgos duros, o que el niño tenga rasgos sensibles. No importará porque la niña se verá abocada a representar un papel dentro de una estructura social básicamente heterosexista, donde se le enseñará a ser cuidadosa, sensible, cariñosa y dependiente (la que no cumpla con estos rasgos será una chica “menos femenina”). En cambio el niño se verá abocado dentro de la misma estructura social, a hacer lo posible por convertirse en un “todo un hombre” con los rasgos más heterosexuales posibles (aunque no lo sea). Deberá llegar a ser el hombre culto, de profesionalidad públicamente reconocida, y productivo. Todo un padre de familia (porque aunque de joven será un vividor que tendrá que estar con el mayor número de mujeres posible, acabará por tener una familia a la que sustentar, por supuesto) por encima de todo y tod@s l@s demás. Y eso implica, por tanto, no decaer, verse fuerte aun sin estarlo, no necesitar ayuda.

–           El primer punto parecerá un sinsentido para quien por primera vez lea algo así, pero no lo es en absoluto. La salud es un término que se asocia a cuestiones biológicas o naturales, pero para tratar la salud de hombres y mujeres debemos atender al mundo en que vivimos y a otro término que también se asocia a cuestiones naturales de forma errónea: el género. Exactamente, vivimos en una sociedad que se entiende dividida por razones de género en machos y hembras heterosexuales (cuando en realidad solo nacemos machos y/o hembras, o ambas cosas como el caso de la ambigüedad genital) y en la que cada uno tiene adjudicadas unas características que parecen venir por naturaleza, pero que no es así en absoluto. Y no es así porque al fin y al cabo, y aunque biológicamente unas personas sean más propensas a la enfermedad que otras, antes de ser machos o hembras, hombres o mujeres, somos seres humanos vulnerables a la enfermedad. Todas y todos enfermamos y padecemos.

–          Así, podríamos darles la vuelta a las primeras estadísticas que he nombrado, y no decir que los hombres tienen mejor salud, sino que es probable que incluso inconscientemente (por ese rol inculcado desde pequeños como algo natural) escondan cierta información sobre su salud o que directamente se abstengan de hablar de ella. Y es que no puede entenderse de otra forma, como hemos comentado, que si los hombres tenemos mejor salud que las mujeres, muramos más por CASI TODO tipo de causas.

Entonces, ¿qué nos pasa realmente a los hombres? Esa es la pregunta que muchas investigaciones se han hecho a lo largo de los veinte últimos años. En 1994, un estudio estadounidense (lugar cuna de dichas investigaciones) llamado Morbidity and Mortality Weekley Report constataba que los esfuerzos de los jóvenes para parecer fuertes solían llevarlos a ignorar las normas de seguridad en el trabajo y en la conducción, porque esa era (y es) la forma de demostrar su hombría. Courtney (2000), por su parte, decía que los hombres utilizan los comportamientos menos saludables para definir su virilidad (incluso los deportes masculinos glorifican el sacrificio y el dolor para conseguir ser el mejor), y que el hombre, para actuar de acuerdo con su género, no debe preocuparse por su salud: simplemente debe verse fuerte, valiente e independiente. De hecho, un joven participa en peleas, tumultos o empieza consumiendo alcohol o drogas para que no le llamen “marica”, y un hombre evita que un dolor sea percibido por los demás, o evita coger una baja laboral para no ser catalogado como un blandengue, un pupas, un pánfilo o un vago. Por lo tanto, lo que podríamos decir que nos pasa a los hombres es que sabemos, pero ignoramos. Sabemos que podemos sufrir dolor, encontrarnos mal, sentirnos tristes o con síntomas depresivos. Pero ignoramos un tipo de resquicio por el que poder expresar todo aquello sin ser prejuzgados o juzgados y creemos que confesar nuestro dolor nos hará caer en la debilidad y la cobardía, cuando la cobardía se demuestra no reconociendo que nosotros también somos seres débiles. Sabemos que en realidad el ser hombres no nos da más salud. Pero le damos la menor importancia, porque pensamos que ignorándolo nosotros, l@s demás no se darán cuenta. Y es por eso que, mientras una gran parte de las mujeres acude más al médico, hace mejor dieta, toma menos conductas de riesgo y realiza actividades de prevención, las estadísticas demuestran que una gran parte de los hombres solo va al médico cuando hay un síntoma de enfermedad agudizado, hace dieta cuando le aparece algún problema o tiene sobrepeso, deja de llevar a cabo conductas de riesgo cuando ya ha vivido una experiencia negativa (desde dejar de fumar por padecer un infarto hasta evitar correr con el coche después de una severa multa de tráfico) y toma medidas de prevención cuando, de la misma forma, ya ha pasado por una situación delicada (aunque entonces deberíamos poner en duda si esas medidas son o no de prevención, dado que se producen ex post).

Por tanto, creo que el hecho de que unos hombres marquen en unas encuestas que se encuentran muy bien de salud, y que luego de esas encuestas nazcan estadísticas que reflejen que los hombres tenemos más salud que las mujeres, no es más que un fallo de base en el que se ve, como siempre, involucrado un problema de género. Los hombres sentimos, pero no estamos educados para expresar lo que sentimos (exceptuando la fuerza, la rabia, la competitividad). Solo hay que fijarse en los anuncios de juguetes que ahora, en la campaña navideña, podemos ver por televisión. ¿Qué juguetes se venden para niñas y qué juguetes se venden para niños? ¿Qué melodías de fondo aparecen en anuncios para niños y anuncios para niñas? ¿Cómo se muestran en los anuncios los niños actores y cómo las niñas actrices? ¿Qué mensajes lanza el narrador para los niños, y qué mensajes lanza para las niñas?

Es lógico, concluyendo, que luego siempre nos creamos más fuertes en todo, cuando la realidad se aleja bastante del modelo de hombre que, de manera inconsciente y en general, todos intentamos mostrar: sencillamente otro superman de turno.

J.L.Pérez

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Referencias:

http://www.lavanguardia.es/

Instituto Nacional de Estadística:

http://www.ine.es/buscar/searchResults.do?searchString=estr%E9s+laboral&searchType=DEF_SEARCH&startat=0&L=0

http://www.ine.es/jaxi/menu.do?type=pcaxis&path=/t15/p420&file=inebase&L=0

http://www.ine.es/jaxi/menu.do?type=pcaxis&path=/t15/p420/a2009/p01&file=pcaxis&L=0

Salud y género:

http://webs.uvigo.es/pmayobre/indicedearticulos.htm

AHIGE: Los hombres y la salud.

Don Sabo: Comprender la salud de los hombres. Un enfoque relacional y sensible al género

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Primera imagen: Estrés, de Iván Mayorga.

Segunda imagen: Fuma 2 res, de Carlos Delgadillo.

Tercera imagen: Tres muñecos, de Adela Abós.

Cuarta imagen: El tiempo pasa, de Jesús Cuevas Montero.

Quinta imagen: Superman de exportación, de Gustavo Gal.