Noticia de un asesinato

Esta semana he leído esta noticia en “El País”:

 

Detenido tras asesinar a su mujer en Terrassa

J. G. B. – Barcelona – 28/11/2011 EL PAÍS

A las nueve de la mañana de ayer, Francisco V. B., de 41 años, salió de la casa donde vive con su mujer y su hijo y dio un paseo. Unos minutos más tarde, cogió su teléfono y marcó el número de emergencias. El hombre explicó a un agente de los Mossos d’Esquadra que acababa de mantener una fuerte discusión con su mujer. Francisco agregó que la pelea se le escapó de las manos y que acabó apuñalando a su esposa hasta matarla. El hombre expresó, por último, que tenía la intención de entregarse por lo que acababa de hacer.

Una patrulla de la policía autonómica se desplazó rápidamente al domicilio familiar de Terrassa (Barcelona), en una calle repleta de casas unifamiliares pegadas unas a otras. En uno de esos pisos, protegidos con toldos a rayas blancas y amarillas, encontraron a la mujer muerta. Su cadáver presentaba signos evidentes de violencia por arma blanca. Francisco le había propinado, presuntamente, diversas puñaladas que acabaron con su vida a primera hora de la mañana.

El hombre, de nacionalidad española, fue detenido poco después cerca de la casa por una segunda patrulla. Está acusado de un delito de homicidio. Francisco no tenía denuncias previas por malos tratos o violencia doméstica, según fuentes cercanas a la investigación. Según el alcalde de Terrassa, Pere Navarro, la pareja estaba en trámites de separación. El alcalde confirmó que no constan denuncias previas por parte de la víctima.

La muerte de la mujer de Terrassa eleva a 55 el número de fallecidas a manos de sus parejas o exparejas en lo que va de año en España. En 2010 murieron 73 mujeres en todo el país, según datos de la Secretaría de Estado de Igualdad.

El asesinato conmocionó a los vecinos de la localidad, que ayer celebró la Diada de los Minyons, la agrupación local de castellers, la fiesta tradicional catalana en la que se levantan torres humanas. El grupo rindió homenaje a la víctima y, al mediodía, realizó una construcción simbólica de tres castells mientras uno de sus representantes leía un manifiesto ciudadano de repulsa y condena por el crimen machista. En lugar de los habituales pilares de despedida, las tres collas que participaban en la jornada levantaron pilares de duelo sin música. “Hay que impregnar a la sociedad con la idea de que la violencia no lleva a ningún lugar”, sentenció Navarro.

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Fijémonos ahora en algunos detalles de esta noticia.

Lejos de aquel estereotipo según el cual los perpetradores de violencia contra sus parejas mujeres son de baja extracción social o de cultura y creencias minoritarias, vemos aquí que en este caso se trata de un hombre de clase media alta, propietario de una casa adosada, español de origen. Esto es lo que queremos decir cuando afirmamos que la violencia de género contra las mujeres es transversal a clases o estamentos sociales y que es transcultural.

Otro detalle. El asesino confeso presenta el hecho de clavar unas cuantas puñaladas a su mujer dentro del seno de una “discusión”, de una “pelea”, como si se tratara de una lucha entre iguales. Este es un efecto perverso de esta falsa igualdad que tenemos. Como decía Amelia Valcárcel en una conferencia en Navarra – que hemos colgado en nuestro facebook de Homes Igualitaris – este “espejismo de la igualdad” hace que la violencia entre hombres se traslade también a la pareja mujer. Pero en realidad no hay igualdad entre los dos que se “pelean”: él lleva un cuchillo y ella se defiende. Por mucha violencia psicológica que ella hubiera ejercido (no lo sabemos), no es lo mismo insultar o gritar (si fuera el caso) que matar. Muchos neomachistas utilizan este argumento: “hay violencia en ambas partes”, dicen. Pero veamos la realidad: ¿quién mata en la mayor parte de los casos? Porque, según leemos en la noticia, él es capaz de salir a pasear con su hijo después del asesinato, mientras ella queda en el suelo, muerta.

Pero puede ser que no sea el asesino sino el periodista quien haya elegido estas palabras: “discusión”, “pelea”. ¡Qué importante es que las noticias expresen la radicalidad de la violencia sin intentar minimizarla!

Fijémonos más en detalle en cómo se describe el hecho. Francisco mantiene una sangre fría terrible al salir de paseo con su hijo como si se tratara de un domingo normal. Contrasta esta aparente tranquilidad suya con lo que ha ocurrido unos minutos antes, cuando, según sus propias palabras, perdió el control y “la pelea se le escapó de las manos”. ¿Cuándo y cómo nos descontrolamos los hombres? ¿Qué pasa por la cabeza –y el corazón- de un hombre bien situado, de clase media, aparentemente equilibrado, cuando, después de acabar de matar a la propia mujer, puede irse a pasear?

Parece como si Francisco tuviera un doble sentimiento: por un lado, ha cumplido con su “honor masculino al matar a la mujer que se quería separar de él. Esto le da una aparente calma interior. Pero por otro lado, sabe que ha hecho algo ilegal (que, además, puede difícilmente esconder). Esta ética del “honor” (“la maté porque era mía”), que parecía superada, sigue allí, visceral, metida muy al fondo de todos nosotros y va más allá de la ley. Incluso diríamos que la ley está allí porque sabemos que en un momento determinado podemos perder este autocontrol sobre unas emociones que nos desbordan.

Pero ¿qué emociones son estas? Pues que Francisco, como muchos de nosotros, no aceptamos la libertad de las mujeres, la libertad que tienen ellas de decir “no quiero seguir contigo”. Este, como otros asesinatos, se da en el contexto de una separación, que es entendida por el hombre como una desautorización, como una merma de una autoestima que ya de por sí, debía ser muy frágil. Situados en el centro, un poco autistas, incapaces de sintonizar con los sentimientos de ellas, no podemos entender ni aceptar un abandono que sentimos que nos deja en “ridículo” ante los demás machos. “¿Qué dirán de mí cuando vean que hasta mi mujer no me obedece?”. Esta rabia mezclada con tristeza se convierte en miedo a la soledad. Y el miedo, la tristeza se convierten, en nuestro modelo de hombre aprendido, en violencia.

Otro apunte: la importancia del rechazo social. Creo que no hay que exagerarlo: precisamente este asesinato se da dos días después de que en muchos sitios se manifestara en forma de manifestaciones. Seguramente Francisco las había visto por la televisión y por eso no dejó de hacer lo que hizo. Pero tampoco creo que debamos minimizarlas. En este sentido la reacción de los Minyons castellers me parece simbólica y valiosa. Hay que extender el rechazo social hacia esta y otras formas de violencia. Hay que seguir insistiendo. El alcalde de Terrassa tiene razón: “Hay que impregnar a la sociedad con la idea de que la violencia no lleva a ningún lugar”.

Pero para eso hay que insistir en la prevención: en el aprendizaje desde pequeños de que la libertad de las mujeres para los hombres no es una amenaza sino una oportunidad para descubrir nuestra propia libertad, aunque al principio nos duelan las negativas. El aprendizaje de la descarga de la rabia de forma creativa o al menos no violenta[1]. El aprender a aceptar nuestra tristeza y miedo sin temor al ridículo. El aprendizaje, en suma, de que nuestras mujeres, nuestros niños no están ahí como inferiores sobre los que podamos descargar nuestras frustraciones. Aprender a reconocer que somos humanos (y por tanto, vulnerables) y no Supermen. Este trabajo personal que debemos hacer los hombres para desactivar los gérmenes de la violencia que llevamos dentro.

Por último, no puedo dejar de pensar en el hijo de Francisco. ¿De qué hablaría con su padre en el paseo? ¿Sabía que su madre en ese momento estaba muerta? ¿Cómo se comportará con las mujeres cuando sea mayor? ¿Podremos conseguir unas futuras generaciones de chicos y chicas en cuyas relaciones esté ausente la violencia?

Nuestra asociación, aunque pequeña, está empeñada en hacer lo posible para que esto sea así. Y necesitamos más hombres que trabajen con nosotros para que no haya nuevos “Franciscos” como el de Terrassa.

Las palabras

 

Hace unos días, camino de casa, algo rompió esa rutina mecánica con la que uno realiza la mayor parte de los trayectos urbanos, esos en los que se oye sin escuchar, se mira sin ver y me atrevería a decir que te desplazas sin caminar. El mérito de ese despertar de mi amable letargo de transeúnte se lo debo a un cartel publicitario. Como a tantos otros, lo miré sin verlo, sólo que éste depositó una imagen latente que en pocos minutos activó ese mecanismo corporal que te alerta cuando algo se ha movido de su sitio, cuando un riesgo imperceptible se oculta tras la densa y repetitiva hojarasca de la cotidianidad.

Una mujer anunciaba algo, creo que una radio, pero lo que activó mi alerta y la reflexión posterior no fue el objeto del anuncio, sino el texto que lo acompañaba y que en letra generosa y bien visible decía: “la ambigüedad es de cobardes, vamos a llamar a las cosas por su nombre”.

 

Con los años he aprendido que cuando alguien se jacta de “llamar a las cosas por su nombre” lejos de perseguir introducir trasparencia en el discurso lo que se busca es apropiarse de las palabras, arrebatarles toda su riqueza de matices, usos e interpretaciones y fijar su significado con arreglo a una posición previa no explicitada. Un auténtico y camuflado acto político, tosco e inconsciente en ocasiones, pero premeditado y perverso en otras, en el que se persigue convertir las palabras en sofisticados mecanismos de control social, en auténticos e invisibles caballos de Troya que, una vez instalados en nuestras conciencias, se apoderan de ellas, para devolverles una imagen predeterminada y programada del mundo.

 

Las palabras, “ambiguo” y “cobarde”, no se exhiben en el texto con una mera e inocua función descriptiva, sino valorativa -nunca las palabras son solo signos, siempre nos llegan cargadas- como una arma arrojadiza en la que viejas palabras, sutilmente maceradas en veneno patriarcal, son combinadas, forzadas y violentadas para convertirse en instrumentos de descalificación ideológica, de expulsión a los infiernos de los otros, los ambiguos y los cobardes.

 

En el anuncio no se nos vende una radio, o un periódico, sino un orden del mundo, un orden del mundo que aspira a imponer gobiernos y leyes y ejércitos, pero que si de verdad quiere ser hegemónico precisa del asalto a lo simbólico, al control del lenguaje, que debidamente modelado y modulado convierta las palabras en vigilantes activos, en atizadores de ese orden patriarcal que instalado en nuestras conciencias tempranas tan buenos réditos ha dado en una construcción social marcada por el poder y la dominación.

En este anuncio late el lenguaje del patriarcado, ese lenguaje que modela hombres y padres; jerárquicos, fuertes, valientes, vigilantes del orden y la norma y siempre dispuestos a arrojar a sus hijos a la pira de los dioses o las patrias o cualquiera que sea la verdad dominante y el sacrificio en cuerpos que esta exija. Un hombre, un padre, ciego y sordo al dolor de su hijo, ciego y sordo al dolor de la madre y al amor que se le demanda, un hombre, un padre que ni media ni pacta, porque él “llama con valor y sin ambigüedad a las cosas por su nombre”. Una idea de hombre, de padre, que se convierte en un auténtico cepo que atrapa e inmoviliza la vida y que se alimenta y activa históricamente con apelaciones al valor como las que realiza el anuncio. Los hombres, porque hemos crecido con ellas, sabemos del efecto devastador de esas apelaciones al valor “a tener un par de huevos”, de cómo activan en nosotros mecanismos automáticos que nos impelen a obrar más allá de lo razonable o lo prudente, de cómo nos conducen a exponernos a situaciones de riesgo inútiles y absurdas, como si estuviera en juego algo trascendente y superior a nosotros mismos.

 

Yo recuerdo de pequeño – y de no tan pequeño-  haber desarrollado todo tipo de estrategias para disolver aquellos insultos de “cobardica”, “cagón”, “acojonado” con los que permanentemente te atacaban, bien para conseguir que hicieras algo que no querías hacer, bien para que revalidaras tu condición de hombre en ese permanente tribunal examinador al que eras sometido. Había que demostrar que eras tan valiente, o sea tan hombre como el que te ponía a prueba, no superar la prueba te arrojaba al universo menor de lo débil y femenino y al sufrimiento de una identidad distorsionada (no eras suficiente hombre) y al rechazo del grupo, de los tuyos, que te exponía a la vejación y la humillación.

 

Valor y cobardía: dos palabras, convenientemente distorsionadas, en las que a modo de debe y haber se iba depositando el balance de mi identidad de hombre, palabras que no puedo dejar de deconstruir y resignificar para desactivarlas de su carga perniciosa para mi vida, para la vida. Valor, que venía en mi imaginario infantil asociada a una lógica de combate y confrontación, de violencia y agresividad, de amigo enemigo, de riesgo y aventura, ancla sus raíces en un universo mítico, patriarcal, heroico y aristocrático, en el que se espera de nosotros los hombres la disposición al sacrificio. Sacrificio que sólo tiene sentido al servicio de una causa trascendente, que las más de las veces poco tiene que ver con nuestra experiencia vital, con nuestro universo de relaciones y conflictos en los que el valor alcanza una tonalidad bien diferente, en el que valor viene asociado a las categorías de lo auténtico, de lo honesto y lo sincero, del compromiso, del cuidado y la empatía y el amor y que no entra en contradicción con vulnerabilidad o debilidad. Valor es atreverse a acoger al otro, o la otra, a amarlo y cuidarlo aunque comporte dolor y sufrimiento, a expresar la propia vulnerabilidad y la propia diferencia, valor es mediar con la vida y sus amenazas, que no se llaman moros ni espartanos, sino soledad y angustia y miseria y dolor. Valor es deshacer esa visión contable de la identidad en la que unas cosas suman y otras restan, cuando nos configuran por igual el valor y la cobardía, el miedo y la osadía, la debilidad y la fuerza, nunca una se da sin la otra en el mundo de los vivos, sin correr el riesgo de producir monstruos. A diferencia del mundo de los mitos heroicos, donde se separa y aísla lo que siempre está junto, en la vida nos salva y nos condena por igual el valor que la cobardía, el riesgo que la prudencia.

 

Pero si el anuncio arroja el valor en manos del patriarcado, su auténtico objetivo es castigar la ambigüedad, porque la ambigüedad ocupa en el patriarcado un lugar privilegiado en la jerarquía de los males. La ambigüedad tiene la propiedad de la frontera, de encuentro entre mundos, de lo mestizo y nómada, de la simbiosis que aborrece de la confrontación y el combate. La ambigüedad pone en contacto más que separa, acerca más que aleja, desactiva los fundamentalismos, abriendo caminos entre los diferentes. La ambigüedad descoloca a ese pensamiento único que narcotiza la conciencia y diluye la individualidad en la perspectiva de un nosotros trascendente e identitario, en el que los otros u otras emergen como objetos de dominio. La ambigüedad es una amenaza para cualquier sistema de la verdad, para cualquier modelo que persiga prescribir y tutelar lo que debemos saber y lo que no, lo que debemos desear y lo que no, cómo nos debemos comportar y cómo no, y por el contrario, la ambigüedad es una posibilidad para los que deseamos construirnos desde nuestra libertad de ser.

 

Yo, como hombre, sé que hay que ser valiente para ser lo que el patriarcado espera de mí, pero también sé que lo realmente valeroso no es la identidad, lo común, lo general, sino la diferencia, que lo realmente valioso no es reproducir lo que de ti se espera sino construir lo que tú libremente quieres ser. La ambigüedad nos expulsa como hombres del universo de la masculinidad dominante y quizás por ello es nuestra esperanza y nuestro camino. Cabalgar entre lo masculino y lo femenino, entre nosotros y los otros, entre la civilización y la barbarie ha sido siempre una actitud expuesta a la exclusión y el sufrimiento, al rechazo y a la incomprensión, porque en ese gesto ambiguo y abierto se abre un territorio intermedio de acogida y cuidado, en el que el otro emerge en tanto que persona, en toda su potencia original y creadora, más allá de los estereotipos y tópicos que lo envuelven.

 

El azar ha hecho que situara mi foco en ambiguo o valiente pero creo que debemos estar atentos al conjunto de las palabras y a sus usos, escucharlas con atención una y otra vez, como si de piezas musicales se tratara, desde horizontes diferentes, desde realidades diferentes, desde interpretaciones diferentes, para acogerlas o rechazarlas, para resignificarlas cuando han sido contaminadas o para cambiarlas cuando ya no sirven a la realidad que deseamos expresar o construir, para dejar sin crédito a una masculinidad dominante que las usa como armas de combate, en última instancia para indagar en ellas quién somos y qué queremos ser.

 

Así que os animo a pensar unas cuantas palabras, palabras que os calmen o que os irriten que os proporcionen seguridad o angustia y contradicción, palabras que merezcan ser mimadas y cuidadas o resignificadas y trasformadas. Os animo a apadrinar unas cuantas palabras, a acompañarlas y guiarlas como ellas hacen con nosotros, a ponerlas en común y contribuir a hacer con ellas un hogar, donde ser hombre, donde ser persona, sea una tarea más confortable y acogedora. Palabras como padre, madre, autoridad, cuidado, amor, poder, culpa, perdón etc. etc.

 

Javier García

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Primera imagen: Y seguirás encerrado, VastaSimon

Segunda imagen: El peso de las palabras, Maus Silero

Presentación del libro “Sujetos de un contra-discurso”

“SUJETOS DE UN CONTRA-DISCURSO” O EL FIN DE TODA UNA ETAPA

 

                             El pasado 22 de Noviembre presenté en la librería La Central mi último libro, Sujetos de un contra-discurso. Una historia intelectual de la producción teórica LGTB  y queer en España  y esto con dos padrinos de lujo. Rafael M.Mérida, que ha sido uno de los grandes introductores de la teoría queer en España y Olga Viñuales, que por su parte  fue la gran pionera de los estudios sobre la identidad lesbiana en nuestro país, además de otras cuestiones como las prácticas BDSM. Dos grandes amigos intelectuales y por los que siempre he profesado una gran admiración. La presencia de Rafael y Olga fue importantísima para mí, sobre todo en la medida que simbolizaron en la mesa a las dos  grandes corrientes que han dominado el debate teórico en España. O sea, la propia teoría queer por un lado y las teorías sociales  constructivistas por el otro. Esto desde el campo de las ciencias humanas como sociales.

                    Es cierto que por lo general ha existido un cierto contraste de actitud entre ambas corrientes. Por un lado, ha estado el optimismo de las ciencias humanas, que sobre todo a través de la teoría queer, han tenido un impulso discursivamente transgresor. Por el otro, en cambio, ha primado la prudencia y el relativo pesimismo de las ciencias sociales  y de las corrientes del constructivismo social en relación a la erradicación a corto plazo de las estructuras simbólicas dominantes.  Una diferencia de talante que quedó sintetizada en los últimos años en las fronteras entre los seguidores de las aportaciones teóricas de Judith Butler y la gente en cambio más cercanas de las perspectivas sociológicas de Pierre Bourdieu.

                     Más allá de estas fronteras, he querido recoger en mi nuevo libro las aportaciones de ambas corrientes en sus respectivas disciplinas. Autónomas en sus paradigmas analíticos y metodológicos en la manera de enfocar el análisis de la realidad social Esto sobre todo porque ambas han tenido en el centro de su reflexión la crítica hacia los discursos y universos culturales hegemónicos que circunscriben a los cuerpos y a las sexualidades.  He ahí la razón del título de mi libro, de evidente reminiscencia foucaultiana :  Sujetos de un Contra-Discurso.  Sobre todo porque de lo que se trata es de la puesta en cuestión de los sistemas de verdad en torno al género, al sexo, a las sexualidades, a los géneros y a los cuerpos. 

                                   Quiero apuntar que todos los nombres y personalidades de la producción teórica española y corrientes intelectuales que son descritas y analizadas, han reflejado a través de sus trabajos un amplio proceso de recepción, interpretación y recontextualización de las grandes perspectivas teóricas políticas e intelectuales existentes fuera de nuestras fronteras, incluido en lo que hace referencia a la cuestión de las nuevas masculinidades.  En ese sentido, espero haber cumplido con el objetivo que me había marcado. Es decir, demostrar que tenemos una producción teórica de lo más honorable y romper con el mito de nuestro atraso y por supuesto, con ese eterno complejo de inferioridad que nos caracteriza.

                      La publicación de Sujetos de un Contra-discurso también cierra una etapa para mí. No sólo intelectual, sino también personal y que fue ante todo y por encima de todo la de mi compromiso con el movimiento LGTB. Durante los últimos años no he dejado de mostrarme crítico con éste último, en medio de disputas y enemistades personales. Lo que no significa en absoluto que reniegue de mi militancia y del recuerdo de la misma, sobre todo en Act-Up-París en los 90. Aunque bien es cierto que nada es eterno y que mi activismo LGTB tenía que cesar, no puedo decir otra cosa que este libro, más allá de sus problemáticas intelectuales, académicas e intelectuales, es sobre todo un acto de lealtad a mi juventud y a mi pasado.

                                                    Laurentino Vélez-Pelligrini