DUROS DE PELAR: De por qué los hombres se quejan menos pero padecen más

En la sección “La contra”, en la contraportada del diario La Vanguardia del miércoles 1 de diciembre de 2010, el periodista Lluís Amiguet, entrevistó a la Sra. Jenny Firth-Cozens, psicóloga especialista en profesionales de la sanidad que ha dedicado gran parte de su carrera profesional a la investigación sobre “cómo se cura a los médicos”. Sí, sí, a esas y esos que nos curan a nosotros.

Y es que, aunque nos parezca increíble, que una persona haya estudiado la carrera de Medicina o la de Psicología no le otorga, a parte de ese título universitario tan merecido, una especie de antivirus que le evite caer en las patologías y sufrir los males que sus propios pacientes sufren. De hecho, contaba la Sra. Firth-Cothens que en Gran Bretaña (lugar a donde ella pertenece) el colectivo de la sanidad es el que sufre más estrés. Y fíjense qué casualidad: ¿Saben qué especialidad médica es la más estresada? Ni más ni menos que las/los psiquiatras, según la psicóloga británica, quien expresaba además que en un 30% del personal sanitario (incluyendo enfermer@s) se observan síntomas de estrés preocupante, y que en la mitad de este número de personal se requiere una atención especializada. De hecho, esto no debe parecernos extraño o exagerado, teniendo en cuenta que la Organización Mundial de la Salud declara que del 30% al 40% de bajas laborales están relacionadas a desequilibrios mentales y emocionales.

Pero el estrés laboral, según reflejan los números, no solamente afecta a l@s profesionales de la medicina (aunque sí son uno de los colectivos más afectados), sino que aborda cualquier ámbito profesional, social, sexual, y de género, siendo así que estadísticas del año 2006 publicadas por el Instituto Nacional de Estadística (estadísticas más recientes respecto de este tema) reflejaban que, de una escala del 0 al 7 (donde el 7 es el mayor estrés laboral), en los varones de 16 y más años existía una media de estrés laboral de un 4’17 , y en las mujeres, una media de un 4’18. Por tanto, puede decirse que en el 2006 se concluyó que las mujeres sufrían más estrés laboral que los hombres. Además, la franja de edad con estrés más alto, para la mujer, se sitúa entre los 25 y los 34 años, lo que podría traducirse en:

–          La posible dificultad de la mujer para conseguir un puesto de trabajo y un salario acorde con sus capacidades y aptitudes.

–          La posible dificultad de la mujer para compaginar el trabajo del hogar, el embarazo, o el cuidado de hijos/as, con el trabajo laboral.

–          La posible dificultad de la mujer para escalar profesionalmente de forma igual a la que el hombre lo hace.

No obstante, estos tres puntos son deducciones sin ánimo de sentar conclusión alguna. Lo que no podemos ignorar, de todas formas, es que las estadísticas nos muestran unos números, y los números dicen que las mujeres sufren más estrés laboral que los hombres. ¿Y qué dicen las estadísticas y los números sobre la salud en general?

Pues bien, la llamada Encuesta Europea de Salud en España del 2009 nos muestra los siguientes datos relevantes:

–          El 75’8% de los hombres de 16 y más años declara tener un buen estado de salud, frente al 66’1% de las mujeres. Por tanto, podría decirse que, o el hombre goza de mejor salud, o es más positivo, o altera parcialmente su respuesta.

–          De una escala del 0 al 100 donde el 100 es la mejor situación, la consideración que tienen los hombres sobre su salud mental es de un 72’21, mientras que la de la mujer es de un 63’74.  Por tanto, según los datos podríamos decir que, o el hombre goza de mejor salud mental que la mujer, o es más positivo en este aspecto, o altera parcialmente la respuesta.

–          En el tiempo de la realización de las encuestas, un 33’7% de las mujeres había acudido en las últimas cuatro semanas al médico de familia, y un 14’4% había acudido a un especialista, frente a un 23’2% y un 9’2% de los hombres, respectivamente. Ello puede significar que: como las mujeres tienen peor salud deben acudir más a menudo al servicio sanitario, o que, en el caso de que los hombres sean más positivos sobre su salud o alteren parcialmente la realidad, éstos no asistan al servicio sanitario porque consideran o quieren creer que no lo necesitan.

–          Los hombres hacen más ejercicio intenso que las mujeres (34’4% frente al 15’7%), mientras que las mujeres hacen más ejercicio moderado (42’7% frente 26%).

–          El 74’8% de las mujeres consumen una o dos veces al día frutas y verduras, frente al 66’3% de los hombres.

–          El 31% de los hombres fuma diariamente, frente al 21% de las mujeres.

Con todos estos datos, los hombres podríamos estar, aunque fuere, parcialmente satisfechos: fumamos más y no comemos tanta fruta o verdura, pero hacemos más ejercicio; y no asistimos tanto a nuestro/a médico/a, pero tampoco lo necesitamos, porque nos sentimos bien físicamente y mentalmente. ¿Y por qué? Pues porque sencillamente, además de sufrir menos estrés laboral, estamos más sanos mental y físicamente.

Pero, ¿qué hay de verdad en todo esto? ¿Debemos creer que realmente los hombres tienen menos problemas de salud física y mental que las mujeres? Frente a estas estadísticas debemos observar otras que podrían entrar en conflicto con las primeras:

El Instituto Nacional de Estadística, que muestra datos seguros hasta el 2007 respecto a lo siguiente, refleja que mueren más hombres que mujeres cada año. Solo la gripe, enfermedades de la piel o consecuencias derivadas del embarazo tienen mayor porcentaje sobre mujeres que sobre hombres. Así, los hombres somos mayores víctimas de casi todos los tipos de de situaciones que ponen en riesgo nuestras vidas. Mueren más hombres, a modo de ejemplo,  por enfermedades infecciosas o parasitarias; por VIH; por tumores; por diabetes; por trastornos mentales; por hallazgos anormales clínicos y de laboratorio; por accidentes de transporte (14’0 respecto a los hombres y 3’4 respecto a mujeres); por suicidio y lesiones autoinfligidas (9’6% respecto a los hombres frente a un 3% respecto a las mujeres); e incluso por homicidio (0’9 respecto a los hombres frente a un 0’5 respecto a las mujeres); etc.

Por lo tanto, si nos basamos en estadísticas que, por tener en cuenta la defunción, se realizan post-mortem y por tanto ello comporta que los números sean objetivamente más fiables que los deducidos de encuestas personales, podemos observar sin muchas más complejidades que los hombres tenemos un problema: o no consideramos la salud algo tan importante como lo harían las mujeres (y de ahí que seamos más optimistas o más “dejados” en este aspecto), o resulta que morimos más porque nos surgen, para nuestra desgracia, todo tipo de enfermedades espontáneas. Parece lógico que el problema no sea lo segundo, ¿verdad?

No son novedosas las investigaciones sobre la salud de los hombres, aunque tampoco brillan por su extensión en tiempos pasados. Sin embargo, ello no ha sido nunca óbice para que la mayoría de estudios sobre el hombre y la salud demuestren y coincidan en que, tal y como establece Courtneay  (2000), las probabilidades de adquirir malos hábitos de salud son mayores en los hombres que comparten las creencias tradicionales sobre la hombría, al igual que son mayores los riesgos de padecer depresión y fatiga nerviosa (Eisler y Blalock, 1991).

Y la cuestión es: ¿Qué tiene aquí que ver la estructura social de género? Dicha pregunta se contestaría con un “mucho”, pero me explicaré mejor, aunque a grandes rasgos:

–          Resulta que cuando un niño o una niña nace, se le da como primera adquisición un rol de género que su entorno más cercano cumplirá hasta que el niño o niña crezca y pueda cumplir con él por sí mismo. No importa que la niña quiera un coche de carreras para Reyes, o que el niño quiera apuntarse a danza clásica. No importará que la niña se sienta atraída por otra niña, o que el niño haga dibujitos de corazones con el nombre de otro niño dentro. Tampoco importará que la niña tenga rasgos duros, o que el niño tenga rasgos sensibles. No importará porque la niña se verá abocada a representar un papel dentro de una estructura social básicamente heterosexista, donde se le enseñará a ser cuidadosa, sensible, cariñosa y dependiente (la que no cumpla con estos rasgos será una chica “menos femenina”). En cambio el niño se verá abocado dentro de la misma estructura social, a hacer lo posible por convertirse en un “todo un hombre” con los rasgos más heterosexuales posibles (aunque no lo sea). Deberá llegar a ser el hombre culto, de profesionalidad públicamente reconocida, y productivo. Todo un padre de familia (porque aunque de joven será un vividor que tendrá que estar con el mayor número de mujeres posible, acabará por tener una familia a la que sustentar, por supuesto) por encima de todo y tod@s l@s demás. Y eso implica, por tanto, no decaer, verse fuerte aun sin estarlo, no necesitar ayuda.

–           El primer punto parecerá un sinsentido para quien por primera vez lea algo así, pero no lo es en absoluto. La salud es un término que se asocia a cuestiones biológicas o naturales, pero para tratar la salud de hombres y mujeres debemos atender al mundo en que vivimos y a otro término que también se asocia a cuestiones naturales de forma errónea: el género. Exactamente, vivimos en una sociedad que se entiende dividida por razones de género en machos y hembras heterosexuales (cuando en realidad solo nacemos machos y/o hembras, o ambas cosas como el caso de la ambigüedad genital) y en la que cada uno tiene adjudicadas unas características que parecen venir por naturaleza, pero que no es así en absoluto. Y no es así porque al fin y al cabo, y aunque biológicamente unas personas sean más propensas a la enfermedad que otras, antes de ser machos o hembras, hombres o mujeres, somos seres humanos vulnerables a la enfermedad. Todas y todos enfermamos y padecemos.

–          Así, podríamos darles la vuelta a las primeras estadísticas que he nombrado, y no decir que los hombres tienen mejor salud, sino que es probable que incluso inconscientemente (por ese rol inculcado desde pequeños como algo natural) escondan cierta información sobre su salud o que directamente se abstengan de hablar de ella. Y es que no puede entenderse de otra forma, como hemos comentado, que si los hombres tenemos mejor salud que las mujeres, muramos más por CASI TODO tipo de causas.

Entonces, ¿qué nos pasa realmente a los hombres? Esa es la pregunta que muchas investigaciones se han hecho a lo largo de los veinte últimos años. En 1994, un estudio estadounidense (lugar cuna de dichas investigaciones) llamado Morbidity and Mortality Weekley Report constataba que los esfuerzos de los jóvenes para parecer fuertes solían llevarlos a ignorar las normas de seguridad en el trabajo y en la conducción, porque esa era (y es) la forma de demostrar su hombría. Courtney (2000), por su parte, decía que los hombres utilizan los comportamientos menos saludables para definir su virilidad (incluso los deportes masculinos glorifican el sacrificio y el dolor para conseguir ser el mejor), y que el hombre, para actuar de acuerdo con su género, no debe preocuparse por su salud: simplemente debe verse fuerte, valiente e independiente. De hecho, un joven participa en peleas, tumultos o empieza consumiendo alcohol o drogas para que no le llamen “marica”, y un hombre evita que un dolor sea percibido por los demás, o evita coger una baja laboral para no ser catalogado como un blandengue, un pupas, un pánfilo o un vago. Por lo tanto, lo que podríamos decir que nos pasa a los hombres es que sabemos, pero ignoramos. Sabemos que podemos sufrir dolor, encontrarnos mal, sentirnos tristes o con síntomas depresivos. Pero ignoramos un tipo de resquicio por el que poder expresar todo aquello sin ser prejuzgados o juzgados y creemos que confesar nuestro dolor nos hará caer en la debilidad y la cobardía, cuando la cobardía se demuestra no reconociendo que nosotros también somos seres débiles. Sabemos que en realidad el ser hombres no nos da más salud. Pero le damos la menor importancia, porque pensamos que ignorándolo nosotros, l@s demás no se darán cuenta. Y es por eso que, mientras una gran parte de las mujeres acude más al médico, hace mejor dieta, toma menos conductas de riesgo y realiza actividades de prevención, las estadísticas demuestran que una gran parte de los hombres solo va al médico cuando hay un síntoma de enfermedad agudizado, hace dieta cuando le aparece algún problema o tiene sobrepeso, deja de llevar a cabo conductas de riesgo cuando ya ha vivido una experiencia negativa (desde dejar de fumar por padecer un infarto hasta evitar correr con el coche después de una severa multa de tráfico) y toma medidas de prevención cuando, de la misma forma, ya ha pasado por una situación delicada (aunque entonces deberíamos poner en duda si esas medidas son o no de prevención, dado que se producen ex post).

Por tanto, creo que el hecho de que unos hombres marquen en unas encuestas que se encuentran muy bien de salud, y que luego de esas encuestas nazcan estadísticas que reflejen que los hombres tenemos más salud que las mujeres, no es más que un fallo de base en el que se ve, como siempre, involucrado un problema de género. Los hombres sentimos, pero no estamos educados para expresar lo que sentimos (exceptuando la fuerza, la rabia, la competitividad). Solo hay que fijarse en los anuncios de juguetes que ahora, en la campaña navideña, podemos ver por televisión. ¿Qué juguetes se venden para niñas y qué juguetes se venden para niños? ¿Qué melodías de fondo aparecen en anuncios para niños y anuncios para niñas? ¿Cómo se muestran en los anuncios los niños actores y cómo las niñas actrices? ¿Qué mensajes lanza el narrador para los niños, y qué mensajes lanza para las niñas?

Es lógico, concluyendo, que luego siempre nos creamos más fuertes en todo, cuando la realidad se aleja bastante del modelo de hombre que, de manera inconsciente y en general, todos intentamos mostrar: sencillamente otro superman de turno.

J.L.Pérez

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Referencias:

http://www.lavanguardia.es/

Instituto Nacional de Estadística:

http://www.ine.es/buscar/searchResults.do?searchString=estr%E9s+laboral&searchType=DEF_SEARCH&startat=0&L=0

http://www.ine.es/jaxi/menu.do?type=pcaxis&path=/t15/p420&file=inebase&L=0

http://www.ine.es/jaxi/menu.do?type=pcaxis&path=/t15/p420/a2009/p01&file=pcaxis&L=0

Salud y género:

http://webs.uvigo.es/pmayobre/indicedearticulos.htm

AHIGE: Los hombres y la salud.

Don Sabo: Comprender la salud de los hombres. Un enfoque relacional y sensible al género

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Primera imagen: Estrés, de Iván Mayorga.

Segunda imagen: Fuma 2 res, de Carlos Delgadillo.

Tercera imagen: Tres muñecos, de Adela Abós.

Cuarta imagen: El tiempo pasa, de Jesús Cuevas Montero.

Quinta imagen: Superman de exportación, de Gustavo Gal.

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