Las palabras

5 des

 

Hace unos días, camino de casa, algo rompió esa rutina mecánica con la que uno realiza la mayor parte de los trayectos urbanos, esos en los que se oye sin escuchar, se mira sin ver y me atrevería a decir que te desplazas sin caminar. El mérito de ese despertar de mi amable letargo de transeúnte se lo debo a un cartel publicitario. Como a tantos otros, lo miré sin verlo, sólo que éste depositó una imagen latente que en pocos minutos activó ese mecanismo corporal que te alerta cuando algo se ha movido de su sitio, cuando un riesgo imperceptible se oculta tras la densa y repetitiva hojarasca de la cotidianidad.

Una mujer anunciaba algo, creo que una radio, pero lo que activó mi alerta y la reflexión posterior no fue el objeto del anuncio, sino el texto que lo acompañaba y que en letra generosa y bien visible decía: “la ambigüedad es de cobardes, vamos a llamar a las cosas por su nombre”.

 

Con los años he aprendido que cuando alguien se jacta de “llamar a las cosas por su nombre” lejos de perseguir introducir trasparencia en el discurso lo que se busca es apropiarse de las palabras, arrebatarles toda su riqueza de matices, usos e interpretaciones y fijar su significado con arreglo a una posición previa no explicitada. Un auténtico y camuflado acto político, tosco e inconsciente en ocasiones, pero premeditado y perverso en otras, en el que se persigue convertir las palabras en sofisticados mecanismos de control social, en auténticos e invisibles caballos de Troya que, una vez instalados en nuestras conciencias, se apoderan de ellas, para devolverles una imagen predeterminada y programada del mundo.

 

Las palabras, “ambiguo” y “cobarde”, no se exhiben en el texto con una mera e inocua función descriptiva, sino valorativa -nunca las palabras son solo signos, siempre nos llegan cargadas- como una arma arrojadiza en la que viejas palabras, sutilmente maceradas en veneno patriarcal, son combinadas, forzadas y violentadas para convertirse en instrumentos de descalificación ideológica, de expulsión a los infiernos de los otros, los ambiguos y los cobardes.

 

En el anuncio no se nos vende una radio, o un periódico, sino un orden del mundo, un orden del mundo que aspira a imponer gobiernos y leyes y ejércitos, pero que si de verdad quiere ser hegemónico precisa del asalto a lo simbólico, al control del lenguaje, que debidamente modelado y modulado convierta las palabras en vigilantes activos, en atizadores de ese orden patriarcal que instalado en nuestras conciencias tempranas tan buenos réditos ha dado en una construcción social marcada por el poder y la dominación.

En este anuncio late el lenguaje del patriarcado, ese lenguaje que modela hombres y padres; jerárquicos, fuertes, valientes, vigilantes del orden y la norma y siempre dispuestos a arrojar a sus hijos a la pira de los dioses o las patrias o cualquiera que sea la verdad dominante y el sacrificio en cuerpos que esta exija. Un hombre, un padre, ciego y sordo al dolor de su hijo, ciego y sordo al dolor de la madre y al amor que se le demanda, un hombre, un padre que ni media ni pacta, porque él “llama con valor y sin ambigüedad a las cosas por su nombre”. Una idea de hombre, de padre, que se convierte en un auténtico cepo que atrapa e inmoviliza la vida y que se alimenta y activa históricamente con apelaciones al valor como las que realiza el anuncio. Los hombres, porque hemos crecido con ellas, sabemos del efecto devastador de esas apelaciones al valor “a tener un par de huevos”, de cómo activan en nosotros mecanismos automáticos que nos impelen a obrar más allá de lo razonable o lo prudente, de cómo nos conducen a exponernos a situaciones de riesgo inútiles y absurdas, como si estuviera en juego algo trascendente y superior a nosotros mismos.

 

Yo recuerdo de pequeño – y de no tan pequeño-  haber desarrollado todo tipo de estrategias para disolver aquellos insultos de “cobardica”, “cagón”, “acojonado” con los que permanentemente te atacaban, bien para conseguir que hicieras algo que no querías hacer, bien para que revalidaras tu condición de hombre en ese permanente tribunal examinador al que eras sometido. Había que demostrar que eras tan valiente, o sea tan hombre como el que te ponía a prueba, no superar la prueba te arrojaba al universo menor de lo débil y femenino y al sufrimiento de una identidad distorsionada (no eras suficiente hombre) y al rechazo del grupo, de los tuyos, que te exponía a la vejación y la humillación.

 

Valor y cobardía: dos palabras, convenientemente distorsionadas, en las que a modo de debe y haber se iba depositando el balance de mi identidad de hombre, palabras que no puedo dejar de deconstruir y resignificar para desactivarlas de su carga perniciosa para mi vida, para la vida. Valor, que venía en mi imaginario infantil asociada a una lógica de combate y confrontación, de violencia y agresividad, de amigo enemigo, de riesgo y aventura, ancla sus raíces en un universo mítico, patriarcal, heroico y aristocrático, en el que se espera de nosotros los hombres la disposición al sacrificio. Sacrificio que sólo tiene sentido al servicio de una causa trascendente, que las más de las veces poco tiene que ver con nuestra experiencia vital, con nuestro universo de relaciones y conflictos en los que el valor alcanza una tonalidad bien diferente, en el que valor viene asociado a las categorías de lo auténtico, de lo honesto y lo sincero, del compromiso, del cuidado y la empatía y el amor y que no entra en contradicción con vulnerabilidad o debilidad. Valor es atreverse a acoger al otro, o la otra, a amarlo y cuidarlo aunque comporte dolor y sufrimiento, a expresar la propia vulnerabilidad y la propia diferencia, valor es mediar con la vida y sus amenazas, que no se llaman moros ni espartanos, sino soledad y angustia y miseria y dolor. Valor es deshacer esa visión contable de la identidad en la que unas cosas suman y otras restan, cuando nos configuran por igual el valor y la cobardía, el miedo y la osadía, la debilidad y la fuerza, nunca una se da sin la otra en el mundo de los vivos, sin correr el riesgo de producir monstruos. A diferencia del mundo de los mitos heroicos, donde se separa y aísla lo que siempre está junto, en la vida nos salva y nos condena por igual el valor que la cobardía, el riesgo que la prudencia.

 

Pero si el anuncio arroja el valor en manos del patriarcado, su auténtico objetivo es castigar la ambigüedad, porque la ambigüedad ocupa en el patriarcado un lugar privilegiado en la jerarquía de los males. La ambigüedad tiene la propiedad de la frontera, de encuentro entre mundos, de lo mestizo y nómada, de la simbiosis que aborrece de la confrontación y el combate. La ambigüedad pone en contacto más que separa, acerca más que aleja, desactiva los fundamentalismos, abriendo caminos entre los diferentes. La ambigüedad descoloca a ese pensamiento único que narcotiza la conciencia y diluye la individualidad en la perspectiva de un nosotros trascendente e identitario, en el que los otros u otras emergen como objetos de dominio. La ambigüedad es una amenaza para cualquier sistema de la verdad, para cualquier modelo que persiga prescribir y tutelar lo que debemos saber y lo que no, lo que debemos desear y lo que no, cómo nos debemos comportar y cómo no, y por el contrario, la ambigüedad es una posibilidad para los que deseamos construirnos desde nuestra libertad de ser.

 

Yo, como hombre, sé que hay que ser valiente para ser lo que el patriarcado espera de mí, pero también sé que lo realmente valeroso no es la identidad, lo común, lo general, sino la diferencia, que lo realmente valioso no es reproducir lo que de ti se espera sino construir lo que tú libremente quieres ser. La ambigüedad nos expulsa como hombres del universo de la masculinidad dominante y quizás por ello es nuestra esperanza y nuestro camino. Cabalgar entre lo masculino y lo femenino, entre nosotros y los otros, entre la civilización y la barbarie ha sido siempre una actitud expuesta a la exclusión y el sufrimiento, al rechazo y a la incomprensión, porque en ese gesto ambiguo y abierto se abre un territorio intermedio de acogida y cuidado, en el que el otro emerge en tanto que persona, en toda su potencia original y creadora, más allá de los estereotipos y tópicos que lo envuelven.

 

El azar ha hecho que situara mi foco en ambiguo o valiente pero creo que debemos estar atentos al conjunto de las palabras y a sus usos, escucharlas con atención una y otra vez, como si de piezas musicales se tratara, desde horizontes diferentes, desde realidades diferentes, desde interpretaciones diferentes, para acogerlas o rechazarlas, para resignificarlas cuando han sido contaminadas o para cambiarlas cuando ya no sirven a la realidad que deseamos expresar o construir, para dejar sin crédito a una masculinidad dominante que las usa como armas de combate, en última instancia para indagar en ellas quién somos y qué queremos ser.

 

Así que os animo a pensar unas cuantas palabras, palabras que os calmen o que os irriten que os proporcionen seguridad o angustia y contradicción, palabras que merezcan ser mimadas y cuidadas o resignificadas y trasformadas. Os animo a apadrinar unas cuantas palabras, a acompañarlas y guiarlas como ellas hacen con nosotros, a ponerlas en común y contribuir a hacer con ellas un hogar, donde ser hombre, donde ser persona, sea una tarea más confortable y acogedora. Palabras como padre, madre, autoridad, cuidado, amor, poder, culpa, perdón etc. etc.

 

Javier García

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Primera imagen: Y seguirás encerrado, VastaSimon

Segunda imagen: El peso de las palabras, Maus Silero

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5 Respostes to “Las palabras”

  1. JUANJO COMPAIRÉ desembre 5, 2011 a 5:57 pm #

    LAS PALABRAS HABLAN DE NOSOTROS

    No sabía cómo empezar a hablar de mis relaciones con mis iguales. Y agradezco a Javier su escrito porque me ha puesto en la pista y me ha ayudado a deshacer un poco la madeja de sentidos y de sensaciones que se me acumulaban. Intentaré deshilvanarla ante vosotros. Solo es un comienzo, porque seguro que en el diálogo de esta tarde saldrán más cosas.
    Sí, efectivamente, ha habido palabras que me han marcado. Palabras dichas desde el grupo de compañeros de escuela y luego desde el grupo de compañeros de lucha antifranquista y más adelante en el mundo educativo. Palabras que en los grupos de hombres (a eso me estoy refiriendo) no sirven para comunicar desde la subjetividad, desde lo que uno siente, sino que son escudos o, mejor, banderas. Palabras que sirven para marcar identidades colectivas, como claves de pertenencia. Son palabras como piedras, duras y nada flexibles, palabras para ser arrojadas y para agarrarse a ellas más que para jugar e intercambiar. Es lo contrario de la ambigüedad de la que habla Javier, pero también de la ambivalencia o de lo intermedio, el terreno del encuentro.

  2. JUANJO COMPAIRÉ desembre 5, 2011 a 5:59 pm #

    Palabras como esta se fueron más adelante convirtiendo en otras: “revolucionario/reaccionario”, por ejemplo. Incluso en el movimiento por la paz en el cual participé, a pesar de lo que se decía había también una división clara: el ir “contra” la guerra, el ser “anti”-militarista, la “lucha” no-violenta. Este lenguaje de banderías, tan masculino, que elimina los matices, que despoja de la subjetividad, que diluye las diferencias, que lleva a plantear los conflictos como antagónicos. Hay allí agazapado un gran miedo. Miedo a explorar lo personal, lo subjetivo, enraizado en el cuerpo sexuado.
    En el fondo es cómodo. Evita tener que pensar, evita tener que escuchar. Este escudo es también un escudo frente a mí mismo. No me gustaría que la palabra “igualitario” fuera una de ellas, que sirviera como arma para marcar barreras, para cubrir mis vergüenzas con los harapos brillantes (pero harapos al fin y al cabo) de lo “políticamente correcto”.

  3. JUANJO COMPAIRÉ desembre 5, 2011 a 6:00 pm #

    Soy padre. No quisiera subirme al pedestal de esta palabra para desde allí mirar al mundo. No querría imitar a los hombres que la usan para luchar por unos supuestos derechos. Cuando esta noche mi hija venga a cenar conmigo (después de varios meses en que no nos hemos visto), quiero declinar con ella la palabra “padre” y la palabra “hija”. Descubrir a través de ellas nuestros deseos de compartir algunas vivencias, nuestro amor que no se basa en títulos o nombres sino que tenemos que buscar juntos. En pocas palabras como esta se ve la ambivalencia: para muchos de nosotros la palabra “padre” está unida a connotaciones de deseo, de proyecto de acompañamiento, de exploración de rincones de nuestra subjetividad que una hija (o un hijo) te hace recorrer. En cambio, veo en el mundo que esta palabra se usa también como arma revanchista. ¿Cómo hemos podido contaminar o corromper una palabra tan llena de sentido para convertirla en una piedra?
    Muchas veces una palabra que me resuena mucho es la perífrasis “tienes que…”. Lo oigo y me lo digo muchas veces y veo que en mi vida la obligación externa, la que viene de fuera es la predominante. Y ahoga la voz que surge desde dentro: “quiero…”. Que será un “quiero” con todas las ambivalencias del caso, mezclado inextricablemente con resistencias, con malestares.
    Desde los clásicos griegos los hombres nombraron el mundo desde lo racional a partir del principio de contradicción: una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo. Y hemos construido un mundo en el que los conceptos son cajas; hablamos de “definir”, de delimitar, de separar. Pero cuando un cuerpo lo defines, lo cortas, lo matas. La vida está hecha de mezclas. Y cuando yo quiero expresar lo que siento, noto que las palabras me resultan insuficientes. Como si quisiera construir un palacio con adobes. Porque quiero y no quiero, porque deseo algo y me da pereza. Porque quizá solo los poetas hablan de verdad, porque muchas veces tenemos que forzar el lenguaje para transcenderlo y hacerlo comunicativo.
    Agradezco, pues, a Javier que haya abierto este diálogo tan rico. Esta tarde seguiremos hablando de las palabras que hablan de nosotros

  4. JUANJO COMPAIRÉ desembre 5, 2011 a 6:03 pm #

    Porque en el fondo cuando hablamos de palabras y de su significado, ¿qué queremos decir con la palabra “hombre”? ¿Cogemos la palabra en su significado tradicional o le damos la vuelta, la retorcemos, la troceamos y la trasvestimos de mil colores, como los colores de la libertad?

  5. vastasimon març 28, 2013 a 12:42 pm #

    y seguiras encerrado…en tus propios pensamientos ? o acataras las conjeturas externas ? para no volverte loco ? si llegaste hasta aca , no hay vuelta atrás ,
    gracias por compartir mi obra en tan interesante texto y pensamiento
    vastasimon

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